Ahí podés comprar un Kalashnikov
Para mí, que nací tan cerca del culo del mundo, que vivo rodeado de malas noticias, que supe surfear todas las olas de todas las crisis económicas desde que nací, hacer un viaje por Europa de mochilero se presentaba más fácil que el nivel uno del Arkanoid. Nada podía salir mal en ese primer viaje que armé para recorrer el continente viejo. Nada, excepto ser asesinado en medio de una tormenta de nieve en las afueras de Ámsterdam, en manos de un narcotraficante colombiano.
Hay un recuerdo de esa noche congelada de enero que me sigue retumbando: la cara de Mikki, un taxista marroquí que, sin saberlo y por cuarenta y cinco euros, me salvó la vida. El bueno de Mikki, un africano que había escapado de un futuro mejor que todavía no llegaba, hablaba un inglés muy pobre y manejaba un Peugeot 307 negro con una lucecita roja en el techo. Esa lucecita roja con la palabra «TAXI» escrita en letras negras fue la señal para empezar a agitar los brazos y gritar pidiendo ayuda.
La historia empieza algunas horas antes en República Checa. La escala inmediata anterior a Ámsterdam había sido Praga, la ciudad más blanca y medieval que había conocido en mi vida. Con excepción del clima invernal —catorce grados bajo cero—, mientras caminábamos sus calles todo era perfecto: castillos con cúpulas salidas del trazo de un artista, catedrales que solo existen en la imaginación, colores que contrastan con puentes llenos de nieve y turistas de todo el mundo que aprovechan la oferta de la capital checa, donde el alcohol es barato, las drogas son accesibles y la prostitución es legal.
En Ruzyně, el aeropuerto de Praga, me topé con la primera mala: nuestro vuelo a Ámsterdam estaba demorado. Me acerqué a un grupo de turistas holandesas de unos cuarenta años, con signos de haber dormido poco en todo el fin de semana, y les pregunté qué sabían de la demora. Se rieron, como si mi pregunta no les interesara. Tiempo después entendí que todo era parte de su fin de semana de descontrol, y la demora no hacía más que prolongar el disfrute. Me senté en una butaca metálica y me puse a leer Fiesta, de Hemingway, que había comprado en una mesa de saldos en Plaza Italia y llevaba en la mochila de mano.
Cuando la demora pasó la barrera de las dos horas, sentí que debía avisarle a Didier, el anfitrión de Airbnb que nos esperaba en Ámsterdam. Yo había sido claro con él en todos los mails que habíamos cambiado antes de viajar: «Voy a llegar a Ámsterdam en la tarde del domingo. ¿Vos podés venir a buscarme? Si no, necesito que me des indicaciones para poder llegar en bus», detallé. Odiaba usar la palabra «bus», con lo lindo y dulce que resulta decir «colectivo». Pero cada vez que intenté referirme al transporte público como «colectivo» generé una brecha comunicacional. Entonces, «bus».
Antes de llamar a Didier, busqué un correo electrónico suyo con indicaciones y lo releí pausado. Didier escribió: «Tú tomas el bus 300 en dirección a Bijlmer Arena. Te bajas en la última parada. Atraviesas la estación y giras a la derecha. Caminas recto como tres minutos hasta que llegas a una plazoleta donde hay un KFC. Cuando llegas a la plazoleta, caminas recto otros cuatro minutos. Comenzarás a ver bloques de edificios a tu lado izquierdo. El cuarto es Hogevecht. Caminas hasta el final del edificio, giras a la derecha. Y después a la izquierda hasta que encuentras el número 129 A. Perdón por la demora. Didier».
Sentí tanta ternura al ver su mail nuevamente. Imaginaba al holandesito con un diccionario Pequeño Larousse Ilustrado Holandés-Castellano / Castellano-Holandés, adivinando palabra por palabra y sin entender cosas básicas como por qué se escribe «a la» y no «ala» ni que, además, son cosas distintas.
Puse lo mejor de mí y lo interpreté. Y preferí llamarlo para alertarlo de mi demora.
Busqué un teléfono público amigable y me encontré con una caja metálica llena de consonantes con tildes y palabras indescifrablemente checas, por lo cual recurrí a la intuición. Coloqué algunas coronas en la ranura y marqué cada número de los que me dio Didier, rogando a Dios que no apareciera la voz de una operadora hablando en holandés o en checo, porque ese sería el fin de la comunicación. Primer intento: fallido. Segundo intento: un tono de ocupado raro. Antes de desistir, probé otra vez y escuché el tono universal de llamada.
—Hola, ¿quién? —dijeron al otro lado del tubo.
Me descolocó. Era una voz en castellano con un acento que no reconocía del todo. En una fracción de segundo, pensé que era un holandés que hablaba algo de castellano y sentí un poco de alivio: sería mucho más fácil explicarle mi demora.
—Hola, ¿Didier? Soy Ignacio. Tengo una reserva en tu departamento esta noche, y el vuelo en el que viajo hacia Ámsterdam está demorado por tormentas de nieve. Estimo que voy a llegar cerca de la medianoche. —Recité todo con tono pausado, como quien habla con un sordomudo y mueve exageradamente sus labios, usando palabras formales para no caer en los modismos de su idioma.
—Es que no hay ningún problema —respondió con muchísima lentitud—. Yo te espero, tranquilo. Buen viaje. —Y colgó.
Miré a Ro con gesto de desconfianza. Ella me preguntó qué pasaba, y le dije, sin dar muchos detalles, que nada importante. Que me había causado gracia que el holandés hablara castellano, que tenía una voz rara, que parecía la del ratón amigo de Speedy Gonzales —el personaje de los dibujitos animados—, a medio camino entre mexicano y santiagueño. Y nos reímos.
Demora superada, nos invitaron a abordar. Eran casi las diez de la noche, y todo lo que se podía ver por los ventanales de Ruzyně era nieve y empleados que caminaban por las pistas de aterrizaje echando humo por la boca, frotando sus manos. Afuera hacía unos amenazantes veintisiete grados bajo cero. «El avión va a carretear sobre una capa de hielo», pensé. Me acordé de las lecciones de física en la escuela técnica. Pensé en el efecto de aquaplaning, que hace que las ruedas de un vehículo no puedan adherirse bien a la superficie y el auto salga disparado como una flecha hacia fuera del camino. Y también pensé en que, si todo eso salía bien, si por fortuna o acción divina llegábamos a despegar como corresponde, si por milagro ocurría eso, aún restaría aterrizar en una pista nevada, con el enorme riesgo que implica. Acepté que esa sería la última noche de mi vida. La miré a Ro a los ojos y le resalté cuánto la amaba y lo feliz que era de estar haciendo ese viaje juntos. Y le hice una confesión: «Qué cagada morirse en lo mejor».
Una vez que todos los pasajeros estuvimos adentro, empezamos a recibir las instrucciones por si ocurría la catástrofe. Por primera vez en mi vida, presté atención. Era necesario, así que memoricé todo. Dónde estaban las máscaras de oxígeno, qué debía hacer en caso de que naufragáramos. Busqué incluso la salida de emergencia y pensé en cuál sería el vecino de avión con el que forcejearía para salir primero. Lo identifiqué enseguida: un alemán grandote, lleno de granos, muy blanco y muy nerd. Lo imaginé lento de reflejos y pensé que yo —que no soy ni estoy cerca de ser una luz— podía adelantarme cuando la evacuación fuera necesaria, aunque también era tentador meterle la traba desde atrás si él me sacaba ventaja, para, una vez caído, pisotear su espalda inmensa y salir antes que él.
La espera se hizo eterna. Después de recibir todas las indicaciones, unas máquinas hidrantes se pararon a cada lado del avión y comenzaron a tirarle agüita caliente o algo parecido. Las ventanas se desempañaron muy lentamente y un olor espantoso invadió los pasillos del avión. «Es normal que sientan un olor molesto. Durará unos instantes», explicaban las azafatas en inglés. Me relajé y esperé. No sabía si iba a morir al despegar o si —peor— sería al aterrizar. Si hubiera podido elegir, habría preferido morir en el despegue. Por ansioso y porque me parecía inútil sobrevivir al primer escollo para morir en el segundo. Habría sido una injusticia enorme.
Entonces el avión comenzó las maniobras de rutina y giró sobre su propio eje para quedar de trompa a la pista que le habían asignado. Y justo antes de despegar me invadió un pensamiento: el piloto de este vuelo bien podía ser uno de todos los praguenses borrachos que me había cruzado en la ciudad la noche anterior, y ahí sí estuve completamente seguro de que eso iba a salir mal. Pero me relajé. Más bien me resigné. Le di la mano a Ro —una suerte de cábala que surgió la primera vez que volamos juntos— justo cuando comenzó el carreteo. Mucha velocidad, mucho ruido, muchos turistas que charlaban en voz muy alta. Y, de repente, estábamos en el aire. Despegamos. Sorteamos el primer obstáculo. No hubo tragedia ni nada de eso. Estábamos en los cielos bohemios con destino a la ciudad donde todo vale. Apoyé la cabeza en el respaldo y me relajé realmente, por primera vez en muchas horas. Confié en que estaría todo bien al ver a tantos turistas reírse. Decidí que si ellos, que viajan seguido, no estaban con el culo en la mano por las condiciones climáticas, era porque no pasaría nada. Ellos serían mi termómetro de ahora en adelante y por el resto del viaje.
Cuando faltaba poco menos de media hora para aterrizar, el avión empezó a hacer un movimiento asqueroso. Qué cosa horrible todos los movimientos y los ruidos del avión: son como las alarmas del cuerpo humano. No hay puntadas «buenas», no hay dolores que indiquen que estamos sanos, no hay sangrados que pronostiquen bienestar. Lo mismo sucede en el avión: estamos ahí, quietitos y muertos de miedo, y cada ruidito es una falla técnica, cada movimiento es la antesala de una caída libre, cada vez que suena la alarma de las azafatas es porque perdemos altura y vamos derecho al colapso.
El avión comenzó a moverse como la bandeja de un mozo cuando está llena de platitos calientes. Era un temblequeo leve, de lado a lado, con un ruido muy parecido al que hacen los cubiertos en esa misma bandeja de chapa. Taca, taca, taca, taca, taca. No me persigné porque no sé bien cómo funciona, pero apreté muy fuerte los labios. Para peor, los turistas hicieron silencio en simultáneo, y así comprendí que íbamos a caernos en cualquier momento. Sin embargo, el mal momento pasó y comenzamos a descender muy progresivamente.
Y, de repente, estábamos aterrizando. Sentí terror de que no pudiéramos frenar. Me acordé del avión de Lapa, me imaginé saliendo en vivo desde Ámsterdam, hablando con Enrique Piñeyro en un noticiero, haciendo paralelismos.
La salida del aeropuerto fue sencilla, incluso tuvo sabor a poco. Después del control migratorio y sin sellar el pasaporte, agarramos el equipaje y ya estábamos afuera. El primer recuerdo que tengo de Ámsterdam es la nieve. Durante todo el tiempo que pasé en la capital de los Países Bajos, hubo nieve. Cargadísimo, me acerqué hasta un hombre y le pregunté si sabía dónde podía tomar el bus 300. Era medianoche, tenía pocas opciones para preguntar.
—Es ese que viene aquí —me indicó en un inglés muy raro.
«Conozco esa voz de algún lado», pensé, y enseguida me di cuenta: la mayoría de los malos de las películas de Hollywood tienen ese acento, a mitad de camino entre árabe y persa, y casi siempre amenazan con hacer volar un edificio por los aires con una granada. Pero yo todavía no tenía prejuicios y confiaba en la gente por mera intuición, un arma de doble filo.
Cuando me quise dar cuenta, la nieve ya estaba al otro lado del vidrio, y yo estaba sentado, exhausto, en un asiento doble del bus 300. Entonces, recién entonces, me di tiempo para contemplar, para sentir que estaba de paseo por uno de los países que siempre había querido conocer, que caminaba por las calles que habían recorrido Van Gogh o Ruud Gullit, y me sentí feliz.
Eran casi las dos de la mañana. Recorriendo con la mirada, reconocí algunas señales y carteles: Philips, Heineken, Amstel. No entendía si eran fábricas o plantas comerciales, pero había edificios gigantes con los carteles de esas marcas al costado de la ruta. Nos íbamos alejando cada vez más del aeropuerto. No sabía bien hacia dónde iba —no tenía mapas y el 4G aún no existía—, por lo que me dejé llevar por las indicaciones de Didier: bajar al final del recorrido.
Cuando iban casi cuarenta minutos de viaje, se me ocurrió preguntar cuánto faltaba. Parecía que el chofer no hablaba una palabra de inglés, y estábamos solo Ro, el pequeño hombrecito con acento árabe y yo. Le pregunté nuevamente:
—Es en pocos minutos —me indicó.
Al llegar a la parada final, le di la mano a Ro y bajamos del bus. El lugar parecía una estación de esas que hay en el interior de la Argentina o en las localidades chiquitas de la costa, como Mar Azul u Ostende, donde todo cabe en unos pocos metros cuadrados. Pero no había nadie ni nada, salvo unos tubos fluorescentes encendidos y un lugar donde atar bicicletas. Y muchísimo silencio. Hacía muchas horas que no escuchaba tanto silencio junto. Desconcertado, avancé unos pasos hasta el pequeño árabe y le pregunté si podía ayudarnos. Le leí las indicaciones de Didier, pero él no lograba entender. Hasta que mencioné Hogevecht. Los ojos se le volvieron dos bolitas blancas y perfectas. Hizo una mueca y, con un ademán, nos invitó a que lo acompañáramos. Eran ya las tres de la mañana de una noche invernal, a más de una hora de viaje del aeropuerto de Ámsterdam. No teníamos idea de dónde estábamos, pero sabíamos que necesitábamos acelerar para llegar a destino.
Yo estaba empezando a desconfiar del hombrecito.
—Hassan —se presentó y me estrechó la mano, caminando con su bici a un costado.
Hicimos dos cuadras juntos en silencio. Ro quiso saber si estaba todo bien, y yo no le soltaba ningún dato.
—¿Ves ese edificio blanco que se asoma junto a la autopista? —preguntó Hassan—. Ese es Hogevecht. Ahí van ustedes. Yo me voy por aquí —se excusó señalando una bifurcación en medio de la nieve.
Y volvió hacia mí para clavarme el puñal:
—Pide a Dios que no les pase nada allí —sentenció.
Lo dijo con convicción. Por algunos segundos, me resultó imposible decodificar su mensaje. «¿Esto me está pasando en serio?», pensé. Y apreté fuerte la mano de Ro.
—¿¡Qué carajo pasa?! —preguntó ella impaciente.
—Nada, todo bien —le mentí, y empecé a llevarla de la mano como una bandera que flamea.
Unos pasos más tarde, me frenó en seco. Quiso saber:
—La puta que te parió, ¡¿qué mierda pasa?! —retrucó con más decisión.
—Pasa que este lugar es inseguro. Y que atrás viene un tipo encapuchado más alto que yo —detallé.
Empezamos a caminar a toda velocidad, cada uno con una mochila enorme sobre los hombros, un bolso mediano en una mano y una mochila pequeña contra el pecho, todo arriba de varias capas de abrigo.
Volví la mirada atrás. Era uno de esos negros holandeses que juegan en los mundiales de fútbol y siempre son nacidos en Surinam. No quería pensar qué nos iba a pasar: el tipo era enorme, podía matarnos de un cachetazo si quería. Pero, cuando miré de nuevo, ya no estaba.
—¡Vamos! —le ordené a Ro.
Y entonces sí: ya no hubo lugar para la fe, la ilusión ni la confianza. Estábamos encomendados a nadie, teníamos que correr para que no nos mataran y nos dejaran tirados en medio de ese barrio en el que todos los edificios eran idénticos. Recordé con miedo el famoso proverbio chino: «Si un árbol cae en el bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido?». Sabía que, si moríamos ahí, nadie nos escucharía.
Caminamos rápido. Estábamos transpirando, aunque la temperatura fuera de varios grados bajo cero. Llegamos a un portero eléctrico gigante, lleno de números y letras, y no había ningún departamento 129 A. Puteé todo lo que sabía putear. Los nervios me visitaron otra vez. Miré hacia lo lejos y vi una torre más. Tenía que ser ahí. Corrimos. Cada uno llevaba más de treinta kilos de equipaje y varias horas sin dormir. Cuando estuvimos frente al nuevo portero eléctrico, toqué insistente el 129 A. Cuatro timbrazos cortos y punzantes. Silencio, miedo, nerviosismo. Hasta que sonó una chicharra.
El sonido anunció que el portero eléctrico había destrabado la cerradura y que, apenas empujando, estaríamos del lado de adentro, seguros y cálidos, lejos de todo peligro y con un baño caliente a nuestro alcance. Que tomaríamos unos cuantos vasos de agua fría y que nos reiríamos de todo lo que no había sido en este día en que la catástrofe nos había estado pisando las huellas desde temprano.
Empujé la puerta y entramos. Era un milagro. Había una suerte de hall de hotel de ruta yanqui de los años setenta, con un único foco colgando del techo. De pronto, se escuchó una voz desde algún piso más arriba:
—Es por aquí, hermano.
Subimos por la escalera; no vimos ningún ascensor ni quisimos preguntar. No queríamos más sorpresas. Uno, dos, diez, cincuenta escalones y, finalmente, estábamos dentro del departamento de Didier.
Nos recibió un hombre bajito, muy orejudo, con la piel algo oscura pero no negra, como la de alguien que trabaja al sol. Llevaba un jogging gris que le quedaba largo, una remera blanca y estaba descalzo. La forma de sus dedos de los pies era más extraña que la de sus orejas. Nada me interesaba más que dormir, así que nos saludamos y comenzamos con la rutina. Dejé el equipaje arriba de una alfombra en el living.
—Está empapado por la nieve —le advertí, pero no pareció importarle.
Nos dio un juego de llaves, la contraseña de internet y un mapa con actividades para hacer durante la semana.
—En la web de Airbnb no aclaré que soy de Colombia por todos los prejuicios que hay, ¿entienden?
La verdad era que no, no entendíamos.
—Aprovechen —sugirió, y se fue a dormir sin más.
Caminé algunos pasos. Noté que el departamento no se parecía mucho a lo que había visto en las fotos al reservar. Pensé en una cita a ciegas: habíamos sido engañados por la mejor foto y ahora estábamos enfrentando la realidad. Al desconcierto lo acompañó un olor picante indescriptible que no conocía ni podía explicar, pero que podría reconocer hasta el último de mis días.
Una vez en la habitación, nos miramos a los ojos y nos abrazamos. No era un abrazo presexual, ni de amor idílico ni de festejo. Era un abrazo de dos personas que sobrevivieron, que no podían hacer más que desvestirse y dormir algunas horas hasta que todo lo que habían vivido hubiera quedado en la memoria.
Empecé a sacarme la ropa. Cuando me saqué la segunda zapatilla, ya eran las cuatro y diez de la madrugada. Conectamos los teléfonos a la red de wifi y Ro avisó que habíamos llegado bien. Yo iba a hacer lo mismo, pero antes se me dio por guglear el barrio en el que estábamos parando para poder decir, en voz alta y aliviado, «árabe hijo de mil putas» o algo por el estilo. Pero antes de escribir «Hogevecht», se me ocurrió guglear el nombre de mi anfitrión. Leí algunos resultados y miré a los ojos a Ro:
—Tenemos que irnos. Ya.
El tercer sitio en la lista de los diez primeros resultados correspondía a una noticia de un diario de Colombia titulada «La lentitud desdibuja el proceso de justicia y paz». Era del ocho de enero de 2013, no habían pasado ni quince días, y decía que mi anfitrión —apodado «MacGiver»— estaba acusado de haber cometido asesinato en noviembre. Se me desdibujó la cara. La guarida se convirtió en calvario. Teníamos que estar afuera. Quería atravesar el sendero desbordado de nieve y sentir el miedo exterior, porque este era peor.
Abrí la ventana. Daba a una autopista que parecía una General Paz del futuro, por la que no pasaba ningún auto. Ninguno. No había nadie despierto en toda Ámsterdam, intuí. Estábamos en un segundo piso. Le expliqué a mi mujer en cuarenta y cinco segundos las nociones básicas para escaparse de un lugar. Las había aprendido viendo cine.
—Hay que rajar de acá. Bajá por la escalerita de incendio y atrás tuyo salgo yo.
Entramos en pánico. Ella me miró; quería llorar, gritar y morirse, quizás en otro orden, pero me hizo caso. Volvió a vestirse, la ropa empapada sobre la húmeda, el efecto inverso al desnudo. Por suerte el ventanal era amplio. Deslicé suavemente una hoja de la ventana —doble vidrio, obligatorio por estas zonas—. Ella asomó su cuerpo y salió. Le pasé mi mochila, la suya, mi bolso de mano, el suyo; las mochilas pequeñas. Teníamos todo el equipaje afuera. Estábamos temblando de frío, de terror y de ira. Pasé mi metro ochenta y siete para el otro lado de la ventana y comenzamos a bajar en puntitas de pie. La necesidad de correr cuando no había que hacer ruido se incrementaba con cada paso. Era imposible no desear correr, pero lo evitamos. Nos miramos y cruzamos algunas ideas: «¿Por qué mierda nos pasa esto?», «¡Estamos a diecisiete mil kilómetros de casa! Si nos matan acá, no se entera nadie». Cosas que uno se dice con la mirada.
Hasta que, finalmente, llegamos al suelo. Caminamos por la nieve, todo el cuerpo helado. Ella me miraba sin fuerzas. Retrocedí, le di la mano y la ayudé a salir de un escalón de hielo. Me hubiese gustado sonreírle —pienso ahora—, pero estaba ocupado intentando que ninguno muriera.
Íbamos por la autopista. A lo lejos, vimos luces. Podía ser una gomería, una panchería, un cabaret… Necesitábamos que hubiera gente viva a la cual gritarle: «¡Sacáme de acá, estoy parando en la casa de un asesino!». Pero no había un alma, solo una estación de servicio de esas en las que uno se sirve solo: vas, te llevás la cantidad de nafta que quieras y pagás con tarjeta a una máquina. No hay playeros dormitando, tapados con gorritas de Shell manchadas con aceite, ni nada parecido.
De pronto, paró un coche. Parecía un Peugeot. Se abrió una puerta de atrás y bajó una mujer corpulenta semidesnuda, una puta holandesa que empezó a caminar rapidito por los pasillitos angostos de Hogevecht. El auto, totalmente negro —pintura negra, vidrios negros—, empezó a encarar hacia nuestro lado. Tenía una luz rojiza en el techo con un letrero en idioma universal: «TAXI». Lo llamé. Le grité, le chiflé, le hice gestos. Estaba desbordado. El auto, que se movía despacio, me hizo una señal inequívoca de salvación: las luces de stop se encendieron fuerte en la penumbra nevada de Hogevecht y las balizas empezaron a parpadear. Corrimos hasta él. Le pregunté si nos podía llevar al centro de la ciudad. No sabía cuánto iba a salir el viaje ni cuán lejos estábamos. Nada importaba. Me dijo que sí, que por cuarenta y cinco euros nos llevaría a un hotel en el centro. Empujé —literalmente— a Ro dentro del taxi, asiento trasero, mochila gigantesca a sus espaldas, jadeos y mucha nieve, y me subí adelante. Cuando la cerradura electrónica bloqueó las cuatro puertas del Peugeot 307, sentí que Dios, Alá o ambos me desataban el nudo del cordón umbilical, me daban la inyección a tiempo, cambiaban a rojo la luz del auto que iba a matarme en la esquina siguiente. Entonces tenía la oportunidad de hacer una vida nueva. Le pregunté al chofer cómo se llamaba.
—Mikki —dijo mostrando una sonrisa blanquísima. Y agregó—: ¿Te sigue alguien? ¿Te quieren matar? —Lo dijo en un inglés rústico y comprensible, con una naturaleza que me hizo pensar que podía ser cómplice. Pero elegí confiar.
—Algo así, algo así —le respondí mientras empezaba a recuperar el aliento.
—Porque ahí podrías comprar un Kalashnikov si quisieras. Y entonces, recién entonces, entendí todo.