Manual para arruinar la Navidad
En ese momento sentí que sacaba la pieza que hacía explotar todo. La tablita de madera que precipita el jenga al suelo y produce el colapso definitivo e inevitable. El final del juego. Supe que esa bolsa de ilusiones que es la infancia empezaba a desinflarse mientras todos los chicos del barrio se enteraban —al mismo tiempo y por mi culpa— de que Papá Noel no existía.
Pero hay que volver el reloj atrás para entender. Yo venía de un año gris oscuro. Después de sepultar a mi vieja, parecía que todo iría en picada. Sin embargo, con esa ventisca de los milagros o de las cosas que ocurren solo en cine, empezó a brotar vida alrededor. Un montón de vida. Aquel primer brote fue la llegada de Pedro, mi sobrino. Después de un derrotero insoportable de trámites y sellos, reuniones y audiencias, juzgados e historias clínicas, le dieron un DNI con el mismo apellido que mis amigos, y así se convirtió en uno de los nuestros, en alguien a quien sentaría en mi mesa para siempre: un miembro de mi equipo.
Con el calor del verano encima, empezamos a pensar cómo sería su primera Navidad con nosotros. Ninguno de mis amigos es demasiado religioso, pero sabíamos que la Navidad, para Pedro, sería importante: iba a ser la primera gran fiesta con papá, mamá y todos sus tíos. Yo tenía los números puestos: canoso, caradura, barbudo y con treinta kilos de más después de haber dejado de fumar. Ahora la balanza acusaba noventa y siete kilos.
—¿No te animás a disfrazarte? —me preguntaron.
En realidad, fue un formalismo. A todo me animo. Parece una virtud, pero es una condición. No lo hago por intrépido, sino porque no sé cómo se hace para decir que no. Son dos letras que nunca pronuncio juntas. «Che, ¿podés ir a hacer un trámite de ARBA por mí?». Voy a la fila. «¿Te acordás de mi tía abuela Irma, la madre de los mellizos? Sí, la que era fanática de Ferro. Bueno, necesita dadores de sangre porque se opera de las várices, ¿te copás?». Ahí estoy. «¿No conocés a nadie que pueda ir a hacerle puente a la batería del auto de mi jefa, que se quedó tirada en La Plata?». Salgo para allá. Entonces no iba a ser la excepción.
—Sí, obvio. Cuenten conmigo —dije. Pero me arrepentí apenas escuché mis palabras.
Llega el día. La mesa larga, llena de cachivaches verdes, blancos y rojos, pelotas de chocolate, botellas con corchos de plástico, adornos chinos, cañitas voladoras, copas de vidrio, servilletas de tela y un montón de otras cosas inútiles pero poco cotidianas que sirven solo para confirmar que no es un día más. Mal que me pese, aunque me haga el reacio, el recuerdo religioso de mi infancia me ancla a festejar. «Seh, me importa tres carajos la Navidad», digo siempre, pero me paso todo diciembre envolviendo regalos a escondidas.
Aquella es la Navidad bisagra: la primera sin madre, la última sin hijas. Salgo lentamente del letargo sin clasificar, de ese limbo extraño que transcurre en el tiempo en que no sos hijo ni padre.
Es temprano. El termómetro del auto dice que hace cuarenta y un grados; la pantalla de Crónica indica cuarenta y tres: «NAVIDAD INFERNAL» en letras blancas sobre fondo rojo. Apenas entro, paso frente a un espejo enorme, muy de casa de abuela, con marco grueso color nogal. Me miro: estoy gordísimo.
—Apuráte, que no te vea Pedro —me dice Dani, su mamá, y me da una bolsa de consorcio con el disfraz adentro.
Lo escondo en la pieza chiquita. Me quedo un rato mirando la camita donde este nene hermoso está empezando su nueva vida. Hago una media sonrisa y me doy cuenta de que estoy por llorar. Vengo con la lágrima fácil.
Salgo al jardín: están todos embobados, girando alrededor de esa sonrisa brillante que recién conocemos. Pedro mira el cielo: las luces, los colores. Su primera Navidad con una familia. Nuestra familia. Yo también miro el cielo. No sé por qué, pero lo aprendí de las tías viejas en las fiestas de fin de año: miraban al cielo y levantaban la copa pensando en sus muertos. Así que miro hacia arriba. Y transpiro. Transpiro muchísimo.
Comemos largo y pausado. Yo vengo de una catarata de meses frágiles, con la angustia palpable. Tengo el estanque de lágrimas muy a punto de desbordar, y parece que el calor y la idea inventada de que el año se va con sus problemas me está poniendo de mejor humor. Descorchamos algunas botellas de sidra. Es el último año antes de que se ponga de moda, todavía la gente se pavonea tomando champagne. Son otros tiempos, nadie sube selfies brindando, no existe el concepto efímero de «historia digital», que dura veinticuatro horas y desaparece. (¿Cómo puede llamarse «historia» algo que no perdura?). Nos reímos. Somos jóvenes.
Cerca de las once, empezamos a levantar la mesa. Comemos toneladas de vitel toné y ensalada rusa, asado, piononos, torre de panqueques y un sinfín de cosas que, vistas desde afuera, parecen un suicidio gastrointestinal más que un festejo. En una de esas idas y vueltas a la cocina, me acuerdo de que tengo que desaparecer para cumplir con mi misión.
—El tío ahora viene —digo y me levanto.
Pedro no me registra.
Me meto corriendo en el baño con la ansiedad del mentiroso. (Siento taquicardia mientras escribo estas líneas porque recuerdo el golpeteo en el pecho que sentía aquella Navidad). Me miro en el espejo. Si sigo subiendo de peso, la próxima me van a proponer disfrazarme de luchador de sumo. Y voy a decir que sí. Respiro profundo y empiezo a desvestirme. Como un stripper, pero sin gracia ni sensualidad. Y lento, porque no puedo hacer ningún ruido que despierte sospechas. Me quedo en calzones, parado frente al espejo, y me veo reflejado otra vez, ahora semidesnudo. Antes de sentir vergüenza, me doy ánimos: «¡Qué hermoso gesto!», digo para tapar el disgusto que siento. Y entonces empiezan los problemas.
Meterse adentro de un traje de nylon comprado en oferta en las calles de Once no es el mejor plan en una noche de verano. Para ser franco, se me ocurre una lista interminable de planes que causen menos sufrimiento: sacarse una muela sin anestesia, cortarse un dedo con una sierra, pisar un clavo oxidado, circuncidarse con un Tramontina. Pero no, ahí estoy yo, eligiendo la peor opción de la lista: zambullirme en un mamotreto rojo y blanco para salir a escena.
Empiezo por los pantalones y el saco. Me doy cuenta de que, aunque mi panza es prominente, voy a necesitar el almohadón de relleno que viene con el disfraz, una pelota de guata que me llevará al borde de la deshidratación y el colapso. La apoyo contra la panza, la envuelvo con el saco y empiezo a sentir picazón.
—¡Van a ser las doce! —escucho.
El grito es exagerado. Imagino a alguien gritando deliberadamente hacia el baño, como diciéndome «no te cuelgues que se hace la hora».
Acelero el proceso: me pongo la barba blanca, el gorro, y me miro por última vez en el espejo. Estoy mucho más gordo que antes. Tengo tanto calor como la vez que viajé de punta a punta en el subte A con un gamulán en pleno enero para pagar una apuesta. Me odio. ¿Por qué digo siempre que sí? Estoy a punto de desmayarme. Pienso en Pedro: no tiene ni dos años, es su primera Navidad con nosotros y estoy por arruinarla.
Ahora no es una sensación: sé que voy a desmayarme. Quiero arrancarme el disfraz, caminar en calzoncillos hasta el jardín, quizás con el gorro y la barba puestos, mirar a todos a los ojos y decir: «Todo muy lindo, pero el tío la está pasando como la mierda». Y darle a Pedro un billete grande: «Papá Noel no existe, Pedro. Es hora de que lo sepas». Pero no puedo.
Voy caminando directo al árbol navideño mientras toda la familia lo distrae mirando los fuegos artificiales en el cielo.
—¡Mirá, mirá, ahí viene! —dice alguien.
Pedro, que hasta hace algunos días compartía cuarto con muchos nenes en un hogar, que jamás tuvo una Navidad en familia y que no vio los fuegos artificiales ni en televisión, no sabe qué es lo que tendría que ver. Pero igual sonríe. Siempre sonríe.
De a poco empieza la pantomima. Alguien dice haber escuchado ruidos en el living y cambia el foco de la atención. Si esta fuese una película, la cámara empezaría a dirigirse hacia donde estoy yo, a punto de morir por un shock térmico.
Veo venir a Pedro. Las instrucciones eran claras: cuando estés a dos pasos, sacás un regalo de la bolsa, se lo das, decís el clásico «jo, jo, jo» de las publicidades, te vas por la puerta principal, entrás al auto, te cambiás de nuevo y volvés a entrar por el garaje.
Pero no puedo. Lo veo venir: todavía faltan como diez metros para el momento pactado, y yo no resisto más. Saco un paquete de adentro de la bolsa, lo revoleo más o menos cerca de él y empiezo a correr hacia la puerta principal, gritando rápido «jojojó» y dándome a la fuga. Ni en un documental sobre el desierto del Sahara hay personas que transpiren tanto como yo, y me atrevo a decir que ningún libro de medicina tiene registros de cuerpos expuestos a tanta temperatura.
Ahora la historia se bifurca: puertas adentro, Pedro llora desconsolado por el terror que le causó la llegada de una persona disfrazada a la que no conocía ni por fotos. Intentan contenerlo, pero es imposible. Pasará días enteros diciendo «Panuel no, Panuel no» y rompiendo en llanto a cualquier hora. La Navidad será, por años, un momento dramático.
Puertas afuera, todos los chicos de esta calle oscura de Valentín Alsina salen de sus casas a ver los fuegos artificiales y a presumir sus regalos ante el resto de los vecinos. Se miran unos a otros, comparan, festejan, intercambian saludos.
Y de entre todas las puertas, hay una por la que sale un gordo vestido de rojo y blanco arrancándose la barba postiza, respirando por la boca como un wing izquierdo que corrió toda la cancha y llegó a tirar el centro en el minuto ochenta y siete. Un gordo que está sacándose el gorro rojo y blanco y abriendo el saco como si fuese un fisicoculturista que ya no ejerce, un preso de la pereza, un rehén de la promesa de empezar la dieta el lunes, un hazmerreír de las nutricionistas, una copia pirata del tío bueno de las comedias de Hollywood.
Encaro directo a mi auto, estacionado en la puerta, abro el baúl y tiro toda la ropa de Papá Noel adentro mientras me cambio en medio de la calle. Agarro un bidón de agua que tengo por si el auto levanta temperatura. Tomo y me tiro en el pecho. Es la versión sin gracia de una publicidad de Gatorade. Sufro, me paso la mano por el pelo, me empiezo a tirar agua en los ojos. Voy recuperando el aliento muy de a poco. El volumen del entorno empieza a subir lentamente. Comienzo a percibir que pronuncian mi nombre y, a medio vestir y aún sin escuchar con nitidez, hago gestos de agradecimiento y grito algún «jo, jo, jo». Pero cuando el ruido se calma y oigo mejor, me doy cuenta de que no son halagos. Me están gritando «pelotudo», «forro», «hijo de mil putas», y me preguntan —sin querer saber la respuesta— si soy tarado o si me estoy haciendo el tarado.
Recién entonces, en medio de los estruendos y de la magia navideña que se desvanece, me doy cuenta de que hay un Papá Noel en calzoncillos caminando por las calles de Valentín Alsina, rompiendo a su paso los corazones y la ilusión de todos los niños que, muertos de tristeza, corren hacia adentro de sus casas para empezar con la ronda de preguntas a sus padres.
Y dar respuestas —entiendo ahora— es algo que a los grandes no les gusta demasiado.