Retroceder en chancletas

Al lado de mi casa hay una distribuidora de aceite. Todos los días y a toda hora, llegan camioneros en sus monstruos de metal a buscar litros y litros de aceite. Diez mil litros, veinte mil litros. Cien mil litros. Con depósitos gigantes en sus espaldas, ocupan media cuadra o más. A esta altura, ya puedo reconocerlos por el chiflido de los frenos neumáticos y el temblequeo de los motores diésel pegados contra mi cuarto en la planta alta de mi casa. Y ahora que tengo tanta información, es el momento de que me muelan a trompadas por levantar la voz.

—Llegó un Scania —le digo a Ro—. Debe de ser el de la vez pasada. Me tiene las pelotas por el piso. Voy a salir a decirle que apague la música.

Entonces hago algo que no acostumbro hacer y que, sobre todo, no suelo animarme a hacer: me armo de valor y salgo a defender la paz de mi familia a cualquier precio. Pero las cosas no ocurren como las planeo.

—Dejálo, no seas boludo. ¿Qué le vas a decir? —me dice Ro.

Y no me lo dice solamente porque me quiere, sino porque tiene terror de que me muelan a trompadas. Debajo de este cuerpo raro de casi un metro noventa, hay un eterno pacifista que jamás le pegó a nadie, pero los demás no lo saben. Entonces, cada tanto me hago el gallo pensando que puedo intimidarlos con mi tamaño. Suele darme resultado con peatones, viejas de barrio o cuñados, pero no mucho más. Y no quiero abusar del don, no sea cosa que se den cuenta.

—Que baje la música le voy a decir. Hace cuarenta minutos que estoy escuchando cumbia del litoral… Tengo la cabeza como si me estuvieran zapateando encima.

Lo digo sin levantar la voz, pero con ímpetu. Si algo me quedó de mis clases de teatro es que la composición de un personaje es un camino largo, que a veces lleva mucho tiempo, y que se hace sumando cosas mínimas: detalles. Ahora estoy componiendo ese personaje, así que no puedo simplemente abrir la puerta y pegar tres gritos si antes no me doy coraje, si no me pongo la ropa del personaje, si no lo compongo.

Mientras bajo las escaleras haciendo rebotar unas ojotas que compré en Brasil, siento el balbuceo de Ro a mis espaldas. No llego a escuchar ninguna palabra, pero supongo que piensa cosas como «¡Qué boludo! Lo van a terminar cagando a piñas» o algo por el estilo.

Taca, taca, taca, taca. Bajo rápido y en cada escalón las ojotas van golpeando con la violencia de un matamoscas. Taca, taca, taca, taca. Llego a la puerta, giro la llave y salgo con la vista desencajada. Creo que me paso de rosca a la hora de componer mi salida de casa, pero pedirle a una persona que no tiene incorporada la noción de convivencia pacífica que cambie algún hábito no es sencillo. Y me tiro al vacío: abro la puerta y ya no hay vuelta atrás. Entonces, sin hacer contacto visual con nadie, apunto directo al camión.

—Che, loco, ¿vos no te das cuenta de que estás inflándole las pelotas a todo el barrio con la musiquita? Tengo una bebé durmiendo.

Uso palabras que no son de mi jerga: «loco», «musiquita». Pero las necesito: es la caja de herramientas que tengo para darme coraje y salir a pelear. Además, me gusta decir «musiquita». Aprendí de chico que llamar con diminutivo a las cosas sirve para bajarles el precio. «Falta un ratito»; «Un rasponcito»; «Era viejito»; «Un tumorcito». Entonces enfatizo:

—¡La musiquita…! —digo a los gritos.

Yo sé que estoy haciendo una jugada típica de un cagón de manual: abrir la puerta, carajear y volver sobre sus pasos con un ademán, el de las manos como los jugadores de fútbol después de que les sacan la tarjeta amarilla. Es un movimiento universal que invita al interlocutor a irse, lentamente, a la reputísima madre que lo parió.

Camino hacia mi puerta. Taca, taca, taca, taca. Estoy en short sin bolsillos y tengo puestos los anteojos porque estoy trabajando. Me empiezo a dar cuenta de que no hay ninguna chance de provocarle miedo a un camionero acostumbrado a pasar semanas enteras durmiendo en un acoplado y comiendo frituras bajo el rayo del sol del litoral.

—¿Qué te pasa, pelotudo? —me pregunta con fuerza.

Me congelo. Por lo general, me sale bien, pero esta vez canté falta envido sin cartas y me están desafiando.

—A vos, pelotudo, te hablo —me señala—. ¿Me querés bajar la música? ¡Bajáme la bragueta, salame!

A la mitad de la palabra «bragueta», hay un coro de camioneros riéndose de mí: si la pelea terminara ahora, no solo perdería por puntos, sino que sería el puntaje más humillante de la historia de cualquier combate.

Tengo una única opción: estoy condenado a cagarme a trompadas —y que me destrocen cuando lo intente—; ya no puedo salir del personaje.

—Andá a cagar, sos insoportable —le digo caminando rapidito. Y clac. La puerta de casa se cierra y me quedo del lado de afuera, a merced de que me maten a piñas entre todos los camioneros que llegaron con sed de aceite.

Lo veo acercarse. Es casi tan alto como yo, pero parece haberse agarrado a trompadas en todas las rutas nacionales, provinciales y municipales del país. Se acerca despacito, limpia el reverso de sus manos contra el culo del jean.

—¿Te quedaste afuera, boludo?

No me lo pregunta con fines estadísticos: me está asustando antes de pegarme. Yo ya toqué el timbre para pedir que me abran, pero nadie me contesta. Intuyo que arriba están disfrutando de que esta vez me hayan curado lo cabrón. Lo tengo a menos de dos metros, la piña es inminente.

—No te cagué’, cabezón, que no te via pegá’… —se compadece el camionero y le grita a su compañero—: ¡Apagále la música al chango este, que tiene una bebita!

Y entonces lo veo reírse, con varias teclas negras. Una carcajada deforme y noble; cómplice. Yo también me río, solo para no llevarle la contra. Pone una mano en mi hombro y me dice al oído:

—Y que sea l’última ve’ que te hacé’ el gaio, ¿ta?

Alguien abre desde adentro. Sin hacer contacto visual con nadie, voy directo a mi escritorio para seguir trabajando. Respiro fuerte por la nariz, mantengo, exhalo suave por la boca. Inhalar, exhalar. Busco en Google «chamamé litoraleño» y lo pongo a sonar mientras reviso mails. El clac de las ojotas contra el suelo ahora marca el tempo de la música.

Aún hoy, cada tanto, escucho chamamé. Y cuando mis hijas me preguntan por qué pongo eso, yo les miento: les digo que es la radio. Ellas no saben que es la música que escucha el hombre que me salvó de que me molieran a palos.

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