Banderines y dibujitos
En Argentina todos tenemos un recuerdo de 1986, incluso los que nacieron después. Maradona, el mundial, los goles a los ingleses… Pero mi recuerdo no es exactamente ese: son los banderines. Tenía cinco años, y el único detalle que conservo con nitidez de ese momento, el primer recuerdo nítido de toda mi vida, es una torta hecha por mi vieja para morigerar la ansiedad previa a la final contra los alemanes: una docena de escarbadientes con pequeños banderines argentinos improvisados, clavados como mástiles sin criterio en la superficie de un bizcochuelo barato. Desde entonces, el sabor de esa torta, de esa tarde y de aquel recuerdo fueron los lugares a los cuales volví cada vez que quise pensar en la felicidad de los años infantiles.
Sin embargo, los recuerdos se desdibujan, se tapan con noticias de las otras, preocupaciones adultas sin sentido, miedos mundanos del paso del tiempo. El sabor —de esa torta, de esa tarde y de ese recuerdo— empezó a deshacerse hasta desaparecer. Viví un montón de años pegado a la nostalgia de saber que hubo una vez en que supe cuál era el gusto de la alegría colectiva, completa, definitiva: la felicidad de los pueblos. Pero ya no me acordaba.
Es 2022. Tengo la cabeza completamente blanca, me acostumbré a las derrotas dignas y guardé aquel recuerdo en el cajón de las utopías. Este mundial catarí que nació sin expectativas fue sumando cábalas con el paso de los días. Ahora soy yo quien pone las reglas: el escenario es mi familia y somos nosotros cuatro los que vamos dando forma a rituales absurdos, costumbres extrañas y ritos que no tienen sentido.
Pero veo varias señales de alerta antes de entregarme al disfrute. La primera es energética: ¿un mundial durante un verano sofocante? ¿Cuántas chances de quedarnos sin luz tenemos? No menos de dos por partido.
Entonces la locura empieza a sacarle un par de cuerpos a la cordura y consigo un grupo electrógeno. Y cuando el miedo a los cortes de luz se disipa, aparece —como pasa siempre en el mundo de los adultos— un miedo nuevo: el fantasma del delay en la transmisión.
Extraño las épocas analógicas de la televisión y la radio, la sintonía fina, mover la antena en el techo de tejas a riesgo de muerte, pidiéndole a gritos a algún familiar que confirme, varios metros abajo, si mejoró algo la nitidez, generalmente para ver Canal 2.
A menos de doce horas del debut de Argentina, atravieso todos los ambientes de mi casa con treinta y cinco metros de cable coaxil para armar una antena de TDA casera con un tutorial que encontré en YoReparo.com.
La pruebo y, lógicamente, se ve espantoso. Entrecortado. Como si le faltara un hervor. Cambio la antena de lugar; me muevo nervioso mirando el noticiero de la TV Pública, que sirve para probar la señal. Nada mejora. Hasta que pruebo un rincón mágico y, ¡eureka!, se ve perfecto. Dejo todo así, como si fuese la escena de un crimen, y me voy dando pasos lentos hacia atrás, como alejándome de un bebé al que acabo de lograr dormir.
Cuando me despierto, todo está igual, se ve perfecto. Así que caminamos esquivando el cable como si fuera bosta. Pero, apenas empieza el partido, la imagen se congela.
Me rindo. Miro el partido con una clave de Flow prestada y escucho las puteadas de mis vecinos trece segundos antes de verlas en la pantalla. Y lloro.
Empiezo a buscar la mejor antena de Mercado Libre sabiendo que ninguna llegará antes del partido contra México. Salgo de casa con las llaves y plata —como un adulto macho que resuelve— para comprar una antena y cumplirle un capricho al niño en el envoltorio de un señor que soy. Algo de eso hay en el sentir fervoroso de gritar un gol frente a ocho millones de píxeles.
—Voy a tener que poner la antena afuera; cortar la reja, sacar la antena hacia el techo y después soldar la reja —relato sin buscar consenso ni cordura, mientras Ro finge que me escucha.
Cuando lo que acabo de decir aterriza en su cabeza, cierra la computadora, se saca los lentes y me mira. Solo me mira. No sé si siente lástima por mí, vergüenza por ella o pena por nuestras hijas. O las tres cosas al mismo tiempo. Pero dice las palabras mágicas que usa siempre que no quiere contradecirme:
—Lo que a vos te haga feliz, Gor.
Vuelvo a casa con una antena, seis packs de cerveza, la amoladora y la soldadora.
—Es una pavada —me miento. Y empiezo a cortar.
Ro me mira. Creo que incluso me pregunta si estoy seguro, mientras me da un mate amargo y me apoya la palma derecha en la espalda, más como resignación que como consuelo.
Dos horas más tarde, con la reja cortada y vuelta a soldar, pruebo de nuevo.
—Funciona todo bien —digo con aire triunfal y me desplomo en el sillón con una mueca de satisfacción: «Miren bien a un padre que ha logrado algo importante». Y de pronto tengo una ensoñación hermosa: escucho la voz de mi vieja que me relata la receta de la torta y me explica cómo hacer los banderines. Me sobresalto como si hubiese atravesado un paso bajo nivel entre la infancia y el presente.
—¿Estás bien? —pregunta Ro.
No le contesto.
Pienso en Bilardo. En Maradona. En ese nenito que fui. En esas calles del culo del mundo en las que crecí, que —incluso tan lejanas al epicentro porteño que todo lo acapara— se habían llenado de bocinas para festejar.
Empiezo a reunir los tres elementos básicos para ganar cualquier discusión: pruebas, evidencia y empirismo.
—Yo me bañé después del partido contra Arabia, ¿no? Contra México me voy a bañar antes, entonces.
Algo de mi escepticismo alrededor de la posibilidad de ser campeones comienza a desvanecerse, y una voz interna, muy tenue, me pregunta si me acuerdo de los banderines. Es una pregunta que aparece cada tanto, invasiva como una notificación en el teléfono.
Contra México todo es diferente. La antena ya está afuera, y los cortes de la reja quedarán como una cicatriz para la eternidad. Estamos listos para cruzar el Rubicón. Y vaya si lo cruzamos.
Después de la euforia y el desahogo, llegan las preguntas pensando en el próximo partido, que podría ser el último.
—Lupe, ¿qué estabas comiendo cuando hizo el gol Enzo Fernández?
Y empiezo a anotar.
Salgo a recorrer todos los chinos del barrio antes de cada partido para comprar unas galletitas de arroz con gusto a angustia y un queso crema Ilolay con tapa roja. El de tapa verde no.
Antes del partido contra Polonia, sueño de nuevo con los banderines: las manos de mi vieja —el abrazo que más extraño— cortan un pedazo de torta y ella me pregunta si quiero más. Y yo digo que sí, desesperado. Pero cuando como, siento un gusto a hostia: la nada misma. Y me despierto pasado de decepción.
Después del penal atajado, Lupe quiere dibujar. Me habla.
—¿Es así, papi?
—El martes —le contesto yo automáticamente, sin saber de qué me habla.
En el entretiempo me pregunta si puede hablarme. Me sacude saberme ausente para ella y le digo que sí. Que por supuesto.
—Mirá, papi: te hice un dibujo. Un gol de Argentina.
Me da ternura, pero, a decir verdad, no puedo conectar con otra cosa que no sea el miedo a revivir la tristeza de 2002, cuando nos quedamos afuera con Bielsa. Le agradezco sin mirarla y me cebo el mate número doce mil del día. Pero en cuanto Alexis pone el 1 a 0, busco su mirada con desesperación.
—¡Lupe! ¡Lupe! ¡Mirá! ¡El gol! ¡El gol que dibujaste!
Me mira sonriente desde la altura de su inocencia. No sabe que yo ahora miro sus manos con la fascinación del dueño de un taller clandestino, decidido a ponerla a fabricar dibujos de goles en serie: un sistema fordista de producción de felicidad.
—¡Hacé otro! ¡Otro gol!
Y lo hace. Y viene el gol de Julián y mi casa explota de alegría, gritos y coqueteo con el esoterismo infantil ilustrado.
Para el partido contra Australia, tomo decisiones mucho más arriesgadas: compro un bloc de hojas nuevo y la siento a Lupe en su mesita de dibujo, en el centro del living, como si fuese un pernil en el medio de una fiesta.
—Dibujá si querés —le digo con falso desinterés.
Y ella empieza a dibujar. Una casita, un pajarito… Le pregunto si no quiere dibujar a Messi, y me dice que bueno.
—Para vos, papi.
Y me da mi amuleto. Aunque me encantaría que funcione, ¿cuántas coincidencias puede haber antes de que se caiga una teoría? Entonces va el rosarino y pone en valor los trazos infantiles de mi pequeña hija mayor. Y cuando hace el gol, alzo a Lupe en mis brazos, sabiéndome dueño de la gallina de los goles de oro, padre tutor o encargado de una deidad del deporte y de la profecía. La beso, la abrazo, le agradezco y, solapadamente, la mando de nuevo a su puesto de trabajo. «Un dibujo más». Y Lupe dibuja.
—Otro gol, papi.
Y entonces, Julián. Y todo es fiesta. Nos reímos. Agus, mi hija menor, no entiende del todo qué pasa; se ríe, llora, pide teta, se hace caca, todo junto en lo que dura la repetición del gol.
—¿Dibujás otro, Lu? —pregunto cebado.
Y así llega la confirmación: acá no hay ni superpoder, ni magia, ni nada; esto era ciencia pura. La nena sabe algo.
—Tomá. El último gol que dibujo —me advierte con el cansancio del obrero sobre el fin de la jornada laboral.
Pero cuando miro el dibujo, noto que usó el lápiz amarillo. Un gol amarillo… Y entonces descuenta Australia, el equipo de camiseta amarilla…
Terror. Siento que va a intervenir la DEA y me van a arrancar a mi hija de los brazos porque sus trazos tienen el poder de hacer que pasen cosas a 13.279 kilómetros de distancia de donde se está jugando el mundial.
Intento tranquilizarme. Acaban de terminar los octavos de final. Mi mujer me mira con fascinación antropológica: sabe que está ante alguna clase de ser vivo capaz de conmoverse por cosas inexplicables, y al mismo tiempo ve cómo se forja un vínculo padre-hija en medio de un mundial.
Catar 2022 es, en los papeles, el primer mundial que Lupe recordará. El de Agus será el próximo, todavía no tiene dos años. Pero la de Lupe, casi siete años, es una edad maravillosa para ver a la selección pasar de ronda.
Después hay partidos extraños, en los que Lupe no quiere dibujar. Su actitud infantil hace que estemos peleados en cuartos y en semifinales. De la guerra contra los holandeses recuerdo solo el corte de luz —y mi generador eléctrico tapando las voces de los relatores—, el asado pospartido bajo el diluvio, las cervezas que tomo para calmar la garganta, y no mucho más. Y contra los croatas es casi una decepción: nos hemos preparado a reglamento, solo con los colores de Argentina para evitar sorpresas como la de Australia, sentado cada uno en su lugar con su camiseta, bañado en el momento exacto… Y nada de eso hace falta.
Pero ahora estoy muerto de miedo: en tres horas se define todo. No estoy mentalmente preparado para vivir en un país que les grite «fracasados» a un grupo de pibes que nos puso a pensar, casi por un mes, en que es posible ser felices de forma colectiva. Tan simple como eso: que, de repente, podamos estar hablando todos de lo mismo al menos por un rato. Las calles están tapizadas de buenas intenciones; «pase usted», «no, pase usted». La gente no se enoja en la cola del supermercado, ni en los semáforos en rojo ni en los trámites ante el fisco. Por un tiempo —lo que dura esta burbuja entre el gol de Messi a Arabia Saudita y esta mañana previa a la final contra Francia—, el curso de la historia del país en el que vivo es distinto: todos queremos ser mejores personas. Y me asusta perderlo todo. El all-in, como en el poker, puede salir mal.
Me aferro a mis caprichos, mis sostenes emocionales, mis cables a tierra y mis creencias. Dos horas antes, miento: digo que tengo que ir a cargar nafta y me voy a Tierra Santa.
Tierra Santa es, para mí, el Hospital Evita: ahí nació Maradona hace más de sesenta años. Quiero ir a contarle lo que está pasando. Ahí también nació mi vieja: hoy estaría preparando otra torta con banderines. Me quedo un largo rato en silencio. «Nació acá», dice una pintada con la cara del Diego. Miro un poco al cielo… Se me hace tan esquivo darles un lugar físico a los muertos. ¿Dónde andan? ¿Cómo se explica que no estén? ¿Hacia dónde miro cuando extraño? Por lo general, hacia adentro.
Saco unas fotos, me pierdo en un mural hecho con venecitas: es la cara del Diego en la época de Cebollitas. Recuerdo haber leído sobre aquel equipo en alguno de todos los libros de Diego que tengo en la biblioteca. Me acuerdo, también, del campeonato que ganaron por primera vez en Río Tercero. Me acuerdo, entonces, de Río Tercero, mi patio de infancia, la ciudad donde escribí mis primeras historias, y conecto enseguida con los banderines de la torta que cocinó mi vieja aquella tarde de campeones en esa ciudad del interior.
Ahora es otra historia. Minutos antes de que empiece la final, tengo que amigarme con Lupe y hablarle de igual a igual.
—Lupe, es importante que hagas esto que te pido —empiezo.
Ella me abraza y me dice que sí. Y yo corro a montar su base de operaciones en el centro del living. Desde ese momento, le ruego a Lupe para que me haga un dibujo de gol.
Lupe dibuja un gol. Hace otro dibujo, otro gol. Y después no quiere dibujar más. La entiendo: vamos ganando dos a cero, no quiere desperdiciar su magia en cosas innecesarias. Pero en el alargue vuelvo a rogarle, y ella dibuja otro más. Y cuando nos vuelven a empatar, la miro a los ojos y le hablo, ya no como un niño atrapado en el cuerpo de un adulto con ilusión de ser campeón, sino como garante de la felicidad de un pueblo entero. Me arrodillo y suplico:
—Guadalupe, miráme a los ojos: necesito que hagas otro dibujo.
Baja la vista, se corre de mi radar y se pone a dibujar.
—Tomá, el último de todo el mundial. Ya no dibujo más goles.
La odio. Por primera vez, experimento un sentimiento de bronca hacia mi hija. No puedo creer el nivel de desilusión al que estoy enfrentándome. Mi hija, mi primogénita, la luz de mis ojos, no es capaz de hacer algo que yo necesito.
—¿Qué es esto, Lupe? —le pregunto indignadísimo.
—Una atajada —me contesta con cara de hartazgo. Y se va.
Después viene Kolo Muani, el Dibu se vuelve leyenda, llegan los penales, Montiel, cinco millones de personas festejando en el Obelisco y un pueblo entero sintiendo propia y unánime la felicidad como nunca antes.
Desde entonces ya sé hacia dónde mirar cuando quiero hablar con los que me faltan: están ahí, dando vueltas entre nosotros. Y a veces nos hacen felices.