Timbre

Es la primera vez que me quedo solo con mis dos hijas: a Ro le llegó el turno para vacunarse contra el COVID y camina por una ciudad extrañamente desierta en busca del vacunatorio.

Acá, en esta casa, suena el timbre a las ocho y veinte de la mañana de un sábado. La mayor de mis hijas llora, la menor duerme y una gotita rebota contra la bañadera desde hace dos semanas. Plic, plic, rebota la gota en las curvas de la bañadera, y aunque ya empezamos a naturalizarla, ahora, mientras suena el timbre y la mayor de mis hijas llora y la menor duerme, la escucho más fuerte. Tiene la persistencia de un vencimiento: «Estoy goteando. Sigo goteando. Voy a seguir goteando». Corro para evitar que Agus se despierte: es una bebé y todavía se asusta por los ruidos fuera de libreto. Le hago upa a Lupe, descuelgo el tubo del portero eléctrico como puedo, lo trabo entre el hombro izquierdo y la oreja y susurro:

—¿Sí? ¿Quién es?

Nadie me contesta.

Mientras insisto con la voz un poco más alta, Lupe trepa alto y aumenta el volumen del llanto. Está agotada. Acabamos de cruzar el ecuador del año y todo lo que queda es cuesta arriba. Todas las mañanas la levanto antes de las siete, y cada tarde, cuando vuelve del colegio, tiene alguna actividad. Hoy, que es sábado y podría dormir un poco más, su sueño se interrumpió de un timbrazo a las ocho y veinte de la mañana.

Hace algunos años me pareció que era una buena idea que pasara las tardes haciendo piruetas, danza, acrobacias y natación, pero ¿a quién quiero engañar? Si está armada con mis genes, la única habilidad que tendrá será la de mover los dedos. No es poco, pero no hace falta ir a un club cinco veces por semana ni pagar una cuota todos los meses para eso.

—¿Quién es? —insisto—. ¿Quién es? ¿¡Quién es!?

Vivo en una casa extraña. Cuenta la leyenda —en realidad lo vi en un plano, pero queda lindo decirlo así— que supo ser una vivienda enorme y que, cuando los propietarios murieron, fue dividida en tres partes desiguales para dar lugar a un frankenstein conurbano. En la planta baja hay un garaje que convertí en oficina, sala de ensayo y faro de la nostalgia, lleno de estupideces que me compré de grande para calmar los caprichos del nene que vive dentro de mí. Ahí paso muchísimas horas encorvado, juntando millas para la artrosis frente a la compu y acariciando las cuerdas de alguna guitarra o las teclas de un piano, rodeado de libros, discos y una pila de cosas que me cuentan mejor que yo. Pero la casa, esta casa, empieza realmente en el primer piso, y desde ahí estoy preguntando quién está tocando el timbre a las ocho y veinte de la mañana un sábado de agosto mientras una de mis hijas llora y la otra duerme. Quizás levanté mucho la voz, porque ahora sí me contestan.

—¡¡¡Mercado Libre!!! —responde a los gritos una voz espesa.

—Esperáme, ahora vengo, Lupe. Voy a abrir —le explico en susurros.

—No, no quiero que te vayas, papi —protesta Lupe al borde del llanto.

—Esperáme acá, cuidá a tu hermana, que no se caiga de la cama —le propongo.

Aprendí eso de Ro, que es docente y psicopedagoga y tiene una valija llena de trucos que usa con las criaturas. Pero no alcanza con tener el material para hacer los trucos: me falta la destreza del mago pedagógico.

Diluvio de lágrimas. Yo también quiero llorar cuando estoy cansado.

—Esperáme acá, por favor. Cuidá a Agus —le insisto.

—Papi —me dice Lupe.

Le digo que no, que están tocando el timbre.

—¡Papi! —me insiste.

La miro serio mientras busco un barbijo y me pongo las zapatillas; no me gusta abrir en ojotas.

—¡Papá! ¡Agustina está toda cagada!

Yo venía sintiendo un olor ácido desde hacía unos minutos, pero internamente rogaba que el olor viniera de la casa de algún vecino.

—Tata —dice toda manchada de mierda.

Timbre otra vez.

—¡Ya va! —me enfurezco.

—¡Mercado Libre! —repite.

Charo llora. Vivimos con esta perra, cruza extraña de bóxer y setter, desde hace más de diez años. Es un llanto particular, no parece decir ni «tengo hambre», ni «tengo frío» ni «se fueron todo el fin de semana y me dejaron a cuidado de alguien que no es ustedes». Su llanto inconfundible quiere decir que se está meando desde hace un rato largo. Le clavo la mirada. No hablo con animales, pero sabe bien lo que quiero decirle: «Te mato», pienso. «Me mata», piensa.

Pero arremete: me vuelve a mirar, como diciendo «yo lo siento mucho, hermano, pero yo me estoy meando, y acá el que sabe abrir la puerta sos vos». Sé que no va a parar de llorar hasta que le abra la puerta que da al patio de esta casa.

Entonces me hago cargo y acepto que soy el adulto responsable de la situación, por más que patalee: levanto a la nena cagada, consuelo a la nena que llora, le abro a la perra a punto de mearse y empiezo a bajar las escaleras.

Vuelven a golpear la puerta.

—¡¡¡Mercado Libre!!!

—¡¡¡Pará un segundo, ya voy!!!

Bajo corriendo, me tropiezo en el descanso, pero no me lastimo. La nena cagada se ríe; yo tengo mierda en toda la remera y en dos dedos de la mano izquierda. La nena cansada me mira, llora, se ríe y le sale un moco-burbuja por la nariz. Se ríe mucho, pero, cuando se le explota la burbuja, rompe en llanto.

Llego abajo y me doy cuenta de que me olvidé las llaves arriba. Abro la mirilla y grito que ya voy, pero veo al repartidor de Mercado Libre yendo para su camioneta con el bolsón de pañales XG que compré en tres cuotas sin interés con envío gratis en el día.

Subo corriendo y vuelvo a tropezar, pero esta vez me golpeo el codo. Agus se ríe, Lupe se ríe. Ahora me gustaría llorar a mí. Llorar, enojarme, cagarme encima y que otro se haga cargo de esto.

La perra llora: quiere entrar.

—Pa, Charito llora. Quiere entrar —repasa Lupe.

Tocan el timbre.

—¡Ya voy, ya voy!

—Mercado Libre.

Bajo corriendo, llego a la puerta, giro la llave y, finalmente, abro. Estoy bordó, agitado. Un ojo me late y se nota. Me siento estropeado. Todavía no son las nueve de la mañana y yo ya gasté toda la energía del día.

—Flaco, me estaba por ir a la mierda —me reta el pibe de la entrega sin compadecerse.

Le quiero explicar, pero no tengo ganas de abrumarlo. No tiene ni veinte años, y quizás su mayor problema sea cargar la batería del joystick de la Play. Le envidio la incertidumbre.

Yo, que al lado de él tengo la vida resuelta, quiero comerme una granada y explotar en lágrimas. Preferiría pasar doscientas horas por día sentado en un asiento de mierda de una Fiorino alquilada, quedarme sin nafta, que me agarre un piquete, perder la señal del GPS y terminar en la otra punta de la ciudad, tener que pedir que me empujen porque la batería me abandonó, pinchar una rueda y que el de la gomería me recontracague con el arreglo: «Hacé lo que quieras, pero pensá que tenés que cambiar las dos cubiertas porque te matás en la otra cuadra».

Recibo los pañales. Me pregunta mi nombre. Me pide que firme. Firmo. Me pide el DNI. Le digo el número.

—Necesito el documento —me dice, y hace un gesto con el índice y el pulgar limitando un rectángulo invisible.

—Lo dejé arriba —le digo, y con la mirada señalo a las nenas.

Me mira a los ojos. Sabe que puede hacer la vista gorda y darme un poco de aire. Yo también lo sé.

—Lo necesito, papá —me dice y me descoloca: ya no tengo resto para ser papá de nadie.

—Teneme un segundo. Lupe, quedáte con Agus y con el señor —le digo a mi hija.

Y el repartidor, que viene a mi casa más veces que mis amigos, sostiene a una bebé explotada de mierda como tomando distancia en la escuela y mira a una nena de seis que llora lágrimas y mocos.

Estoy a una vuelta de cerradura de escaparme para siempre, lanzarme a la aventura de correr la carrera interminable por la pradera de la libertad, sentirme infinito, eterno: suelto. Pienso en cuánto cuesta la vida desde que tengo descendencia, desde que empecé a ser yo quien firma en donde dice «padre, tutor o encargado».

Vuelvo con el documento y, antes de dárselo al repartidor, pienso también que no hay nada que me guste más que ser parte de este circo ambulante con cuatro personas y cuatro animales que habitan esta casa, a veces a contramano del sentido común, haciendo malabares constantes para ser el mejor hogar de todos.

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