La boyita
En mi infancia estaba de moda la pesca. Cada vez que podían, los hombres de la familia se escapaban a pescar con sus amigos, hartísimos de la rutina familiar. Para eso, mi viejo tenía una técnica que manejaba a su antojo. Como en los ochenta todo el mundo fumaba, se valía de un Parliament para encarar a mi vieja en busca de aprobación. «Este fin de semana…», decía con un pucho por la mitad colgando del bigote, y justo ahí, en la palabra «semana», daba una pitada. «Este fin de semana…», repetía y volvía a pitar, «vamos a…», otra pitada, «vamos a ir a pescar con Nando y el Cabezón».
Cuando terminaba la oración, apretaba la colilla en el cenicero metálico que estaba en la mesita ratona del living y empezaba a exhalar con lentitud exagerada todo el humo que había acumulado. Primero, por la nariz; después, el humo asomaba entre los bigotes. Esto ocurría, por lo general, un martes. Mi viejo plantaba la semilla de la duda y la dejaba germinar. Durante ese día y los dos siguientes, mis viejos se pasaban poca pelota. Aunque era un nene, yo me daba cuenta de qué forma mi vieja le alcanzaba el salero a mi viejo o cuánto comentaban acerca de lo que veíamos en la tele durante la sobremesa.
Si, luego de cenar, mis viejos se iban a su cuarto y se escuchaban risas, estaban viendo Benny Hill o No toca botón. O habían culeado. En cambio, si mi vieja se llevaba el televisor al living para ver Tiempo nuevo y mi viejo se iba a leer el diario a la habitación, las cosas no andaban bien. Muchos años más tarde, pude entender por qué mi viejo odia a Piazzolla —en general— y a su «Fuga y misterio» —en particular—.
Lo cierto es que, cuando mi viejo decía que se acercaba un fin de semana de pesca, mi vieja se enculaba, el clima se volvía espeso y las sobremesas no tenían postre.
Un día de otoño, a fines de los ochenta, mi vieja escuchó —otra vez— el argumento de él.
—Este fin de semana nos vamos a ir con Nando y el Cabezón a pescar —iniciaba el relato con timidez fingida, siempre después del primer plato de comida— porque arrancó la temporada de pejerreyes y están sacando unos bichos de más de treinta centímetros.
Pero esa vez, en lugar de encularse, le retrucó con maldad:
—¿Y por qué no lo llevás a Nacho?
Mi viejo se congeló.
Siempre fue de hablar poco mi viejo. Sin embargo, tenía —tiene— un don: cuando hablaba todavía menos, se notaba más. Nadie transmite el silencio mejor que él. Se distingue fácilmente: el bigote se le pausa, las fosas nasales se vuelven dos círculos perfectos por los que cabría un pulgar, la frente se le pone lisa. Sin decir una palabra, acercó el plato para que mi vieja le sirviera más fideos. Y de a poco, como quien deja macerar un rato la idea dentro del cráneo, empezó a decir que sí con la cabeza. Lento pero decidido.
—Nacho, el sábado nos vamos a pescar —me ordenó.
Yo había esperado esas palabras de la boca de mi viejo durante toda mi vida. Ir de pesca era jugar en las grandes ligas, salir del anonimato, empezar a tener sombra de bigote, fumar, probar whisky del pico, manejar en cuero escuchando Creedence. En mi imaginación, ir a pescar era todo eso. Era la libertad. No tengo recuerdos de haber terminado la cena. Fui a mi cuarto y empecé a preparar mi ropa: una camisa leñadora que usé hasta la adolescencia, cuando pegué el estirón; una remera de Boca que ahora usa mi hija menor, las zapatillas Topper celestes que tengo en todas las fotos de cumpleaños entre 1986 y 1991.
La semana transcurrió lento. Cuando por fin llegó el viernes a la noche, me acosté con tanta ilusión que, por primera vez, hice fuerza para dormir. Giré un par de veces sobre mi cuerpo, le di cuerda al reloj con alarma que tenía en la mesita de luz y, finalmente, lo logré.
Cerca de las seis de la mañana, mi viejo me despertó con una técnica que aprendió en la colimba o en algún libro de torturas: consiste en apoyar las yemas de los dedos índice y mayor justo sobre la nuez de adán y presionar muy levemente hasta que la víctima —su hijo de menos de diez años, en este caso— comience a tragar saliva con dificultad, como si se hubiese comido un chicle. Si el proceso dura más de veinte segundos, la víctima se despertará con los ojos abiertos de par en par. Si dura más de cuarenta segundos, es porque se murió. Garantizado.
Me desperté exaltado y ahí estaba mi viejo, con un dedo índice sobre el bigote indicándome que hiciera silencio.
—Vení —me dijo exagerando las muecas, como si hablara con un sordomudo.
Caminé en silencio hasta la cocina. Nos paramos los dos al borde de la mesada y estuvimos un buen rato viendo el amanecer por la ventana. Él hacía y yo imitaba. Me mostró cómo se asomaba el sol y aseguró que no habría lluvia. Preparó mate para él y me hizo una chocolatada a la que no le puse azúcar: necesitaba demostrar hombría de algún modo.
Terminamos de desayunar y empezamos a cargar las cosas en el baúl de la rural amarilla. Cuando estábamos por salir, mi viejo volvió unos pasos sobre sí y fue hasta el teléfono. Metió el índice en el disco y comenzó a girar.
—Nando, ¿cómo estás? —susurró—. Sí, bien. En realidad, no, más o menos. Posterguemos la pesca, no me siento bien.
Cortó e hizo silencio. Yo empecé a desinflarme como un globo que pasa una tarde al sol en la luneta de un auto. Cruzamos las miradas y se quedó callado. Siempre supo manejar muy bien el suspenso. Me miró y, antes de que le preguntara por qué no íbamos a ir a pescar, me dijo cómplice:
—Hoy te sentás adelante. Nos vamos solos.
Cuando llegamos, no había nadie. Dejamos el auto a media cuadra del río y empezamos a caminar entre los yuyos al costado de la ruta, bajando hacia la orilla. El olor de esa mañana lo llevo conmigo: mezcla de humedad, bosta de caballo y nostalgia. Nos sentamos cada uno en una piedra, separados por dos metros, y empezamos a hablar mirando el agua. Supongo que los dos lo aprendimos del cine: en mis recuerdos, estamos de perfil, nunca mirando a cámara, con la vista perdida en un punto del horizonte. Un padre y un hijo que hablan en serio, mirando al frente.
Después me enseñó a encarnar.
—Agarrás la lombriz y la ensartás en el anzuelo. Que cubra todo el gancho. Cuando terminás, pasás la caña hacia atrás del hombro y tirás al agua la boya y el anzuelo. Elegí un lugar y apuntá. Tratá de tirar a donde creas que pueda haber pique. Y esperá. Esperá todo lo que sea necesario hasta que la boya se hunda. Cuando pasa eso, significa que picó algo.
Respiré profundo y tiré la boya al río. Cuando cayó y empezó a hacer círculos concéntricos, dejé de hablar y abrí la boca bien grande. Pasamos así varias horas y yo nunca saqué la mirada de la pelotita de telgopor amarilla. Había soñado tanto ese momento que, mientras ocurría, usé todos los sentidos para retenerlo.
Cuando por fin la boya se hundió, tiré por reflejo de la cañita de madera y enganché un pececito feo, marrón y sin gracia. Y entonces supe —y jamás olvidé— que de eso se trata: de soñar, de tirar la boya lo más lejos posible para después ir a buscarla. Lo único importante de la vida es la boyita.