Xuxo y la cuarta dimensión
Ni la paz mundial, ni el fin de la hambruna ni la vida eterna: todos esos deseos son boludeces. El único objetivo que tenía aquel día de la primavera era llegar a mi casa sin antes haberme cagado encima. Y, de todos los escenarios posibles, el único que jamás se me cruzó por la cabeza fue que ese día conocería la cuarta dimensión.
En Argentina, el inicio de la primavera coincide con el Día del Estudiante, dos excusas combinadas para que los pendejos se pasen el día entero mezclando todo lo que pueden comer con todo lo que pueden tomar. Y hace veinticinco años yo era uno de esos pendejos.
Volvía de Palermo. Hacía muchísimo calor. Pero ahora, con la cabeza llena de canas, pienso que no fue el calor lo que rompió todo, sino lo que me había metido en las tripas: fernet, cerveza, vino, coca, papas fritas, hamburguesas, mate, leche chocolatada, frutas, helado, pebetes de jamón y queso, galletitas dulces, caramelos. Un infierno.
De todos modos, la situación estaba controlada. O casi.
Media hora antes de pegar la vuelta para casa, tuve algún indicio en el cuerpo y pensé en usar un baño químico en el Rosedal. Pero la cola de gente era infinita y, ahora que lo pienso, subestimé mis necesidades. «¡No pasa nada!», dije, y me confundí: debí cagar en ese rectángulo de fibra de plástico inmundo.
Volver hasta casa iba a ser eterno: tenía que tomar un subte, un tren, el colectivo… Dos horas de viaje en las que el inodoro parecía cada vez más lejano.
En la tercera estación de subte empecé a sentir que me estaba cagando encima: no fue un aviso sutil ni una cosquillita estomacal. Nada de eso: me cagaba. Así que decidí amigarme con lo inevitable, porque iba a salir cagado de ese vagón. Miré a todos los que me rodeaban y empecé un juego para intentar evadirme. ¿Qué hará cada una de estas personas cuando se dé cuenta de que me cagué encima? Ese grupito de varones de treinta se va a alejar tapándose la nariz y señalándome. Aquella señora petisa de allá va a llamar escandalizada a la policía cuando lleguemos a la próxima estación. Ese viejo, noble y comprensivo, me hablará al oído: «Bajáte, pibe, que está todo el subte lleno de olor a bosta y sabemos que es por tu culpa…».
Pero, milagrosamente, no pasó nada de eso y, por acción divina —o algo que no sé explicar—, la molestia cesó, y yo agradecí la suerte, mi suerte, de no haber hecho el papelón.
Cuando por fin el tren llegó a la estación de Lomas de Zamora, eran las siete de la tarde. El Día de la Primavera, la comida, los tragos y los bosques de Palermo habían quedado atrás. Y el miedo filoso de cagarme encima parecía haberse escondido: estaba a solo ocho cuadras de mi casa y tenía todo bajo control. Hasta que empecé a caminar. Y ahí sí, porque el cuerpo tiene límites, la suerte decidió abandonarme.
Exactamente en ese momento, supe que iba a pasar: ya no había más lugar para el verso, la especulación, los milagros, las teorías falopa leídas en revistas de consultorios para mejorar el comportamiento de las tripas: nada, caso sentenciado.
El día viernes veintiuno de septiembre de 2001, el señor Merlo, Jorge Ignacio, es encontrado cagado encima en las calles de Lomas de Zamora, mientras vecinos y transeúntes lo señalan al pasar y lo convierten, para toda la eternidad, en objeto de burla colectiva.
Empecé a transpirar frío, me aumentaron los latidos y el párpado izquierdo me temblaba. Palidecí. Comenzaron las preguntas existenciales —«¿por qué a mí?», «¿por qué ahora?»—, y después recurrí a las matemáticas. Siempre tuve facilidad para los números y ese día lo ratifiqué: hacer cuentas con los seis metros de intestinos rebalsados de mierda no es una capacidad, es un don.
El resultado era claro: tenía tres minutos. Si no lograba resolverlo en menos de tres minutos, iba a estar completamente cagado encima. Todavía me faltaban seis cuadras para llegar a casa: tenía que tardar menos de treinta segundos por cuadra. No era un mal número.
Me apuré. La primera cuadra la encaré con superávit. Si la percepción del tiempo no me fallaba, había tardado veintiún segundos en hacer esos cien metros. Entonces pensé que podía bajar mi tiempo a quince segundos, como si estuviera batiendo un récord. Empecé a caminar todavía más rápido, casi trotando: una gacela gastrointestinal. «Si las cuentas salen bien —me dije—, tengo tiempo de llegar a casa, elegir un libro de la biblioteca, prenderme un pucho y, recién entonces, sentarme en el inodoro». Qué confundido estaba.
Cuando faltaba media cuadra para llegar, el cuerpo dijo «hasta acá, macho», y se empacó como un caballo. Psiquis y corpus dejaron de formar un equipo y ya no coordinaban. El cuerpo tomó el control y empezó a correr sin que la orden viniera de la cabeza, que no tuvo más remedio que acompañarlo.
Llegué a casa corriendo, transpirado, borracho, jadeando: daba vergüenza. Temblando, metí la mano en el bolsillo del jean para sacar las llaves y pasó lo peor: en ese momento hubiese cambiado la vida eterna por tener las llaves de mi casa. Pero las llaves no estaban. Tiritando, empecé a tocar el timbre. Un timbrazo. Dos timbrazos. Ciento veinte timbrazos y cuarenta patadas a la puerta gritando para que me abrieran. Nadie contestaba. Mi estómago se había convertido en un bolillero de lotería familiar: todos los soretes giraban, y en cualquier momento uno se iba a acomodar para que el culo gritara «¡bingo!».
A esta altura, los recuerdos se vuelven un poco difusos: creo que me bajó demasiado la presión, me subió el azúcar o las dos cosas al mismo tiempo. De lo que sí me acuerdo es de haber apretado los cachetes del culo con todas mis fuerzas, parado como Chaplin, esperando que alguien me ayudara.
Empecé a barajar la posibilidad de cagarme encima y quedarme así en el porche de mi casa hasta que algún familiar llegase, ya no como una tragedia, sino como una opción para resolver mi problema: no podía seguir luchando. Pero no tenía ni un boleto de colectivo para limpiarme el culo, y sentía que no podía ser tan injusto con mi familia: encontrarse un hijo grande todo cagado encima en el porche de la casa debe de ser tremendo.
Entonces fui más allá y pensé directamente en matarme. Con honestidad lo pensé. Miré a mi alrededor mientras temblaba y lo único que vi fue un baldosón flojo. Podía usarlo para reventarme la cabeza, pero supe que, si me agachaba a hacer fuerza, me cagaba. Y concluí que, ya que iba a matarme, era preferible cagar primero. Porque, si ya era traumática la imagen de un tipo de un metro noventa cagado encima en el porche de su casa, mucho peor era que me encontraran cagado encima y, además, muerto. Me apiadé de mi familia o del enfermero que tuviera que lavarme. Y pensé qué pasaría si salía mal: me rompía la tapa de los sesos, me cagaba encima y, en vez de morirme, entraba en un coma profundo. ¿Quién carajo iba cuidar a un tipo cagado hasta los talones que se había reventado la cabeza con un baldosón? ¿Quién querría a una persona así?
Volví a sacar cuentas: no me convenía. Una vez más, al borde del llanto, pateé la puerta de mi casa y toqué el timbre al mismo tiempo. Lloré. Por primera vez en todo el día, lloré. Fueron lágrimas amargas de desolación y desamparo.
Entonces, a lo lejos, escuché pasos. Miré a mi derecha lleno de ilusión, y allí venía Xuxo. Mi buen vecino Xuxo.
Todo el mundo le decía Yuyo, porque había dedicado su vida entera a la jardinería y era un experto en desmalezar: en sacar yuyos. Pero, desde que lo conocí, comencé a instalar el rumor entre amigos y familiares de que el bueno de mi vecino era admirador de Xuxa y de que se apodaba así por ese motivo. Entonces, Xuxo.
Mi casa, esa casa, daba al frente. Detrás había tres casas más. Xuxo vivía en el segundo departamento, justo detrás de mi casa. Y su patio y el mío estaban uno al lado del otro.
Las patitas me temblaban. Estaba transpirado y asustado.
—¿Te quedaste afuera, pibe? —quiso saber.
—Sí… Pasa que no hay nadie en mi casa y… ¡me estoy cagando encima!
—Ja, ja… Vení que te abro por acá y saltás al patiecito de tu casa.
Contemplé la posibilidad de abrazarlo, pero tenía miedo de hacer fuerza y cagarme. Xuxo abrió la puerta del pasillo por donde entraba a su casa y me acompañó hasta su patio con pasos lentos, raspando unas alpargatas flojas. Tenía ochenta y cinco años, una gorra vieja y azul que dice «Pirelli» y una cantidad de pelo blanquísimo totalmente desproporcionada para alguien de su edad. Era un viejo de los de antes, de esos que ya tenían cara de viejo a los dieciocho y nunca usaban pantalones largos. Pero, pese a su buena onda, tuve la sensación de que le importaba un carajo si me cagaba o no.
—Vení, pasá por acá… Pegás un saltito, te colgás de esa pared y caés en el patio de tu casa.
En ese momento amé a Xuxo: nadie había hecho tanto por mí en toda la vida. Miré la pared, que estaba ahí nomás, a unos cinco metros. Atrás de ese muro estaba el patio de mi casa. Y en esa casa estaba mi baño. Y en ese baño, mis diarios y mis revistas. Miré el suelo, miré la pared, volví a mirar el suelo. Y entonces me sentí un atleta olímpico a punto de superar su mejor marca en salto en alto. Me preparé para mi gran hazaña. Observé a Xuxo, que, en silencio, me alentaba. La pared tenía algo más de dos metros de altura. Tomé carrera y corrí todo lo rápido que podía correr.
Nunca había remontado tanta velocidad en tan pocos metros. Ni siquiera cuando me incendié el talón haciendo experimentos a los diez años. Llegué, mientras corría, a una conclusión desde el empirismo: cagarse encima es mucho peor que quemarse vivo.
Di un paso, dos, tres, cuatro. No llegaba a ver los ademanes de Xuxo ni a escuchar las advertencias. En el momento en que empecé a flexionar las rodillas para saltar con impulso, el mundo que había conocido, el curso lógico de la vida, las leyes de la física y las reglas del universo dejaron de existir. Toda mi vida había ocurrido dentro de ciertos márgenes de normalidad, con algún que otro exceso, pero bien. Sin embargo, no había ni habrá ninguna persona psicológicamente preparada para vivir algo así. Porque, en el instante en que fui a rebotar contra el suelo, algo se partió debajo de la suela de mis zapatillas, el piso desapareció, me hundí en las profundidades de la tierra y quedé sumergido por completo en litros y litros de agua helada: todo lo que había conocido ya no existía, y pasé a formar parte del inframundo.
De repente, escuché los gritos que me traían de regreso: fuera del agua, el mismo viejo noble y cansado que me había abierto la puerta no paraba de putearme.
—¡La reputísima madre que te parió! ¡Marmota! ¡Me hiciste mierda la tapa del tanque! ¡Salí de ahí, hijo de mil putas!
Tenía razón el bueno de Xuxo. Había querido ayudarme y le destruí el tanque cisterna enterrado bajo tierras conurbanas para acumular agua potable en verano. Pero yo estaba viviendo una realidad paralela: de la cintura para arriba, estaba casi seco, transpiraba frío y tenía taquicardia. De la cintura para abajo, todo estaba mal: estaba a nada de cagarme encima, lleno de agua y sin hacer pie. Y encima Xuxo empezaba a patearme mientras se agarraba la cabeza con las dos manos.
Como pude, pidiendo perdón, agarrándome el culo con una mano y cubriéndome con la otra de los golpes, hui como una rata y trepé a medio cagarme, con los pantalones mojados. Cuando logré pasar al patio de mi casa, el volumen de los gritos de Xuxo empezó a disminuir.
El cuerpo me pedía a gritos terminar con aquello. Pensé en que, si bien había tenido un gran gesto, sus gritos me habían hinchado un poco las pelotas.
—¡Pendejo de mierda! ¡Te voy a matar! ¡Marmota! —pataleaba Xuxo.
—¿Xuxo? —pregunté.
—¡¿Qué?! —respondió agresivo.
—¿Me escuchás? —repregunté.
—¡¿Qué querés?! —pataleó.
—¡Andáte a la puta madre que te parió! —me reí y empecé a alejarme.
Xuxo se quedó puteando en el patio de su casa. Gritaba y gritaba mientras yo rompía una cerradura para llegar a tiempo al baño. Gritaba mientras el jardín hermoso se le llenaba de agua. Gritaba mientras Berta, su mujer, se acercaba como podía girando las ruedas de la silla en la que estaba postrada. Ella preguntaba qué había pasado, él no sabía explicar… Ambos gritaban y sacaban cuentas en el aire del gasto que les había ocasionado. ¿Cuándo podrían hacer la tapa nueva? ¿Dónde conseguirían pintura de color verde para pintarla y que quedara camuflada en el pastito? ¿Quién la pagaría?
Ya pasaron algunas décadas y estoy seguro de que Xuxo y Berta fueron comidos por los gusanos. Ahora que soy adulto, las veces que la vida me juega un apuro, escucho el eco de sus voces y me transporto a aquel patio como si apoyara mis oídos en un caracol para evocar el mar. Ahí estará para siempre Xuxo, puteándome por haber destruido su amado tanque de agua. Incluso, si hago un poco de fuerza, puedo volver a verme ahí, mitad seco, mitad mojado, prestando atención a cada detalle para poder contarlo.