Te felicito, hermano

Recién acomodaron el cajón. Ya lloré a mi vieja en tandas, con propios y con desconocidos, con culpa y con alivio, pero parece que va para largo. Ya hice el ejercicio de relatar el principio, el nudo y el desenlace de su último tiempo. Ya dije que no lo podía creer y que, por suerte, no sufriría más. Ya hablé de cáncer y de tumor, de metástasis y de quimioterapia, de fe y de injusticia, de dolor y de tristeza, de tierra, de nicho y de cremación, de la ciencia y de la fatalidad, de la trascendencia. Incluso aproveché el momento de tener la luz cenital sobre mí para decir «no somos nada» por lo menos tres veces. Ya hice todo eso. Pero ahora lo único que necesito es salir corriendo del abrazo con una supuesta tía que no vi en mi vida y me tiene atrapado. Y a lo lejos veo venir al Nívor, mi gran amigo de la vida: los brazos abiertos de par en par desde hace más de media cuadra, los ojos rojos del llanto, preparadísimo para darme el pésame. Lo espero con la mirada húmeda, los labios temblorosos y la necesidad del amigo que está roto por dentro. Pero para eso falta el principio de la historia.

Mi vieja agonizaba. Un cáncer rabioso se la estaba comiendo temprano, y entonces Ro, mi compañera de vida, empezó a hacer algunos llamados para alertar del desenlace de su suegra: «La mamá de Nacho está muy mal». «No hay mucho por hacer». «Está internada en tal lugar». «Los horarios de visita son estos».

Nadie sabe del todo qué se hace cuando la muerte merodea, pero es algo como eso: dar aviso a los cercanos, preparar el terreno, pedir ayuda para el consuelo de los que se quedan. Y acompañar.

Estaba en el bar frente al sanatorio cuando me sonó el teléfono: «número desconocido», decía. Les mostré a mis hermanas la pantalla parpadeando y nos fundimos en llanto sin atender. Después pregunté quién era, solo para confirmar, y nos desarmamos.

Crucé con una urgencia sin sentido, sin saber si había pagado la cuenta del desayuno, y me desplomé de angustia en los brazos de alguien que no recuerdo. Y mientras todo esto pasaba, nacía la historia que terminaría esa misma noche en el velorio: en el abrazo con el Nívor, el cicatrizante más potente que conocí en mi vida.

Hoy morirá mi mamá. Amanecí dolorido al lado de su cama, en una banqueta de madera que me dieron en el sanatorio. Estoy viendo su final y también el reflejo de un televisor que transmite un partido del ascenso en mute. Al mismo tiempo y en la otra punta de la ciudad, el Nívor y la China —su mujer— comienzan el día cocinando una torta enorme con marihuana. No es un bizcochuelito inofensivo: es artillería realmente pesada. Mientras crece en el horno, no pueden evitar mirarla: la desean y se prometen comerla juntos al volver de trabajar. Cuando está lista, la sacan, la tapan y la arropan como a un bebé recién dormido, y se van.

Pero ella miente.

Esa tarde, la China termina de trabajar más temprano, llega y piensa: «Ma’ sí, me como un pedazo», y corta dos tajadas mientras se pone a diseñar cosas en la computadora.

Cuando el Nívor llega a su casa y ve la torta cortada en pedazos, lo primero que siente es la traición, y luego la preocupación por saber dónde está su mujer. La busca por todos lados y no la encuentra. Hasta que se topa con una nota en la barra de la cocina que dice con letra temblorosa: «SOS. Estoy en el lavadero».

El Nívor —sobrio todavía— entra en el lavadero y encuentra a la China retorcida de risa entre sábanas y toallones, sucios y limpios, no pudiendo con su vida. Lloran de la risa. Ella no puede destrabarse la mandíbula, él se contagia fácil:

—¿Qué te pasa? —pregunta él.

—Comí mucha torta —contesta ella llorando de risa.

—Quiero un pedazo —retruca él.

Ella le dice que no, que le va a hacer mal, pero se lo dice a los gritos y llorando de risa, con la boca llena de migas y carcajadas. Él se ceba y se come media torta con la desesperación de un adolescente trasnochado que se salteó dos comidas. Come. Come y grita:

—¡No pega! ¡Esta mierda no pega! ¡No hace nada!

Corta y come más.

—¡Pará, boludo, te va a hacer mal! —advierte ella.

Pero es tarde. Él ya no está en este plano.

—¡No pega, no pega, quiero más! —grita el Nívor, y se mete porciones inmensas de a dos.

Cuando por fin toma conciencia, está completamente adobado, tapado junto a la China con una manta sucia en el lavadero. Vista de afuera, la escena se parece a cuando envuelven a dos cachorritos abandonados con un trapito, pero son dos adultos completamente drogados que no pueden parar de reírse.

Hasta que suena el teléfono.

Juegan piedra, papel o tijera para ver quién atiende.

—Si empatamos tres veces, perdés vos —dice el Nívor, inventando un reglamento que la China no protesta.

Empatan tres veces. Ella se para como puede, patea el jabón en polvo y un secador de piso. El Nívor llora de la risa. Llora como nunca había llorado en treinta y cinco años.

—Hola, ¿sí? ¿Ro? ¡No! ¡No! ¡No me digas! ¡No, no puede ser! ¡Ay, ya le aviso al Nívor! ¡Obvio que vamos! ¡Qué cagada!

Corta. Llora. Se ríe. Se ríe y llora. Vuelve a llorar. Y a reírse.

—Boludo —se ríe—, no lo puedo creer —llora—, falleció la mamá de Nacho.

El Nívor sale del personaje por dos minutos. Se pone serio. Transpira frío. Le está bajando la presión. Se ríe. Llora.

—Necesito algo dulce —dice con un hilito de voz y rompe en llanto. Se para y se corta dos porciones más de torta. Llora de la risa y de la angustia. Se ríe de la marihuana y de los nervios. Llora y se ríe. Piensa un plan—: Tenemos dos horas para sacarnos la locura.

Se miran e improvisan. Se dan una ducha fría. Dos duchas frías. Una tercera ducha caliente y, nuevamente, una ducha fría. Lloran. Se ríen. Nada los baja a la tierra.

Él tiene una idea increíble:

—Ya sé, tenemos que sacarnos la locura de adentro del cuerpo. Empecemos a gritar.

Gritan como si les tiraran lava, gritan como si entraran a los trenes de Auschwitz, gritan como los pasajeros de un avión que pierde altura. Los vecinos se asustan, llaman para ver si todo está bien.

—Sí, sí, todo bien, se murió la mamá de Nacho —explica el Nívor entre risas y llantos—, pero estamos sacándonos la locura.

Es la hora de salir para el velorio.

—Vayamos caminando, así no puedo manejar —se sincera él.

—Yo tampoco, y además no me acuerdo de cómo ir —agrega ella.

—Yo no me acuerdo de cómo manejar —confiesa él. Y asegura—: De alguna forma vamos a llegar.

Dos horas y cuarto tardan el Nívor y la China en caminar las doce cuadras que separan su casa del lugar donde voy a ver a mi vieja por última vez. En cada esquina debaten cuál sería la mejor opción: seguir o doblar; si doblar, ¿hacia dónde?

Llegan a la zona. Frente a la casa velatoria hay una plaza inmensa. El Nívor está seguro de que necesita liberar energías. Lo vio en un video de un youtuber polaco que fuma porro todo el día y sale en calzoncillos a correr por la nieve para estabilizarse.

—Voy a correr, China. Lo vi a Litbōk en un video.

Algunos lo ven desde enfrente: los tímidos que no se atreven a entrar al velorio y se agolpan en la puerta, los que esperan que llegue más gente y los que van de compromiso.

Pasa corriendo como un velocista del conurbano profundo: una vuelta, dos, cinco. Cada vez más rápido. En la vuelta seis, empieza a gritar de nuevo para sacarse la locura. Grita. Se ríe. Llora. Diez vueltas más tarde, sabe que es el momento:

—Estoy listo. Vamos.

Agarra a la China de la mano y cruza a buscarme. Sabe que necesito su consuelo.

Entonces me entrego al abrazo de mi amigo, mi hermano, tan a contramano del mundo, tan delirante, tan querible. Me agarra la cara, como hacen los jugadores de fútbol, y levanta la voz para que lo escuchen todos, seguro de estar a punto de decir una genialidad. Con todo su amor, grita:

—¡Te felicito, hermano!

Si mi vieja hubiese estado del lado de afuera del cajón, lo habría entendido. Toda la gente de la cuadra hace silencio para esperar mi reacción. No es un silencio normal: es un silencio espeso, de esos que podrían medirse. Un silencio grueso. Y entonces, antes de que lo muelan a palos por desubicado, lo abrazo con todo el amor que estos treinta años de amistad nos dieron y le digo al oído:

—Gracias, hermano.

Y, por primera vez, encuentro algo de consuelo.

Ya pasaron muchos años desde que vi a mi vieja por última vez, cuando, con un hilito de luz y de cordura, dándome la mano llena de cables, me preguntó si quería comer torta de manzana. «No sé cómo se hace, ¿me contás?». Saqué el teléfono. No existía WhatsApp, pero grabé una nota de voz con el paso a paso. Me fue relatando, con algunas ausencias entre cada ingrediente. Yo lloraba lento. Si hay una cosa peor que la muerte de una madre, es la confirmación de esa inminencia: no solo estás a punto de vivirlo, sino que sabés que va a pasar en breve. Entonces le di un beso en la frente, le corrí el pelo de la cara y me sequé las lágrimas con el codo para salir de la habitación y desplomarme.

La vida fue pasando, la herida se fue haciendo cáscara y yo seguí caminando. Me acuerdo de mi vieja, aunque su voz se me va borrando. Quedan solo dos o tres palabras que recuerdo con su tono, pero todas las demás, ya no. Cada tanto la traigo a la vida contándoles a mis hijas historias de aquellos años. «Pa, ¿la abuela se murió antes de que yo naciera?», me preguntó Lupe anoche mientras cenábamos. Le dije que sí, restando importancia. «Pobre, se perdió toda mi vida», me apuñaló.

Escucho mi teléfono sonar. Es un audio del Nívor. Cambiamos un par de mensajes:

—Gaucho —por alguna razón, siempre me dice «gaucho»—, me quiero matar. Estaba a punto de arrancar a ensayar y me avisa mi prima que mi vieja se descompuso… Encima había catado unas florcitas…, me tuve que poner sobrio de prepo, che…

—Quedáte tranqui, a esta altura los viejos empiezan con algún achaque, le van a dar alguna falopita y la sacan a pista. No le des esos petardos que fumás vos, que la vas a destrozar. —Y me fui a dormir.

Cuando me desperté, al día siguiente, le mandé un sticker y le pregunté: «¿Y, bestia? ¿Cómo sigue la Mit?».

El Nívor es más que un amigo. Fue mi primer amigo cuando vine a vivir a Buenos Aires. Me acuerdo no solo de él, sino de nosotros. Yo era medio retacón; él, flaco y petiso. Caminábamos por la calle; él para un lado y yo para el otro. Cuando nos cruzamos —ya nos teníamos vistos—, me señaló la pierna y me dijo algo inentendible, un balbuceo. «¿Qué cosa?», quise saber. «Que se te está por caer la plata que tenés escondida en la media».

Cuando vine a Buenos Aires, conocí algo que para mí no existía en el interior: parece que si un nene va con plata por la calle lo pueden robar. Entonces me había hecho el hábito de esconderme la plata en una media, algo que creo que ya no se usa, pero fue moda en los noventa. El Nívor me señalaba la pierna. El billete asomado en la pierna. «Vas a perder la plata», me dijo. Le agradecí y le dije que estaba yendo al kiosco, que si quería lo invitaba a tomar una coca. Y fuimos.

Y fuimos de viaje, salimos, compartimos el día, la noche, el hambre, las tardes, el frío, fumamos, bailamos, nos emborrachamos millones de veces, crecimos, fuimos padres, formamos familias, tuvimos hijas. Nos prestamos los miedos y los brazos varias veces: tenemos una confianza inquebrantable, esa de las personas definitivas. Conocimos tugurios, nos rateamos del colegio, llamamos putas a domicilio, robamos los autos de nuestros viejos y les sacamos guita a nuestras madres para comprar cigarros.

Cuando descubrimos la noche, tuvimos que ponernos de acuerdo para emborracharnos: si una semana uno se había puesto en pedo, no podía quebrar la semana siguiente, le tocaba al otro. Pero nos duró poco. Jugar al abstemio, si fuiste adolescente en una década neoliberal, es imposible: mi generación venía rebotando permanentemente contra las malas noticias. ¿Industrias? No existen más. ¿Futuro? Para nadie. «Lo mejor que pueden hacer cuando terminen el colegio es manejar un remís», dijo el director del industrial cuando estaba por egresar. El panorama era desolador, y lo mejor que podía pasarnos era sobrevivir.

Entonces, uno de los dos gritó eureka. «¡Boludo! —le dije—, mirá esto. Acercáte». Me puse a la par de él, hombro con hombro —ya los dos habíamos pasado el metro ochenta—, y tomé medidas: «Sí, joya. Tenemos los hombros a la misma altura. Vení».

La técnica para caminar juntos en pedo resultó ser grandiosa. Yo pegaba mi hombro derecho a su hombro izquierdo y nos dábamos una mano con el equilibrio hasta llegar a nuestras casas, totalmente heridos. A veces alguno estaba un poquito más sobrio que el otro, pero nos habíamos acostumbrado a volver así, siameses, ligados por el alcohol.

Después tuvimos la fortuna de tocar los tres o cuatro timbres correctos y enderezar el barco. Todo podría haber salido peor, pero acá estamos.

En todo esto pienso mientras me baño. Salgo y agarro el teléfono para escribirle. Entonces veo su mensaje: «Falleció mi mamá, Nachín».

Le decíamos Mitcher. Nunca me quedó del todo claro por qué, pero así la conocí y así avisamos anoche, entre el resto de los amigos: «Che, boludo, murió la Mitcher».

Y atrás de la muerte, definitiva, repentina, inabarcable, se empiezan a borronear todas las historias que viví en esa casa del siete cuatro seis, las noches sin dormir, las risas hasta acalambrarse, las competencias para ver quién fumaba más, los duelos por cualquier estupidez, los primeros acordes disonantes y totalmente fuera de tempo. Si la adolescencia fue una película, la casa del Nívor fue uno de los escenarios principales y, sin dudas, la Mit fue protagonista.

Voy a buscarlo, acelero de más, doblo cuando hay que seguir y sigo cuando hay que doblar. Toco el timbre dos veces, como siempre. Y con ese timbrazo espero que salga el pibe al que conocí hace treinta años para decirle que lo quiero, que lo entiendo, que lo acompaño, que le presto mi vida para que arregle la suya.

Cuatro palabras escribió: «Falleció mi mamá, Nachín». Yo conozco el peso de ese dolor. Alguna vez alguien dijo que un amigo es uno mismo con otro cuero. Y ahora el cuero de mi amigo está herido, y yo sé cuánto duele esa herida.

Y cuando nos abrazamos en llanto, le susurro al oído:

—Te felicito, hermano.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *