Una Fender gratis
Claro que la cagada me la mandé yo cuando revisé el SPAM, no se discute. Y me cabe el peso de la ley con eso de que el que busca encuentra. Porque, a decir verdad, ¿qué hacía yo hurgando el último basural de internet a las dos de la mañana? Ahí estaba, perdido entre algún resumen de Visa y una notificación de Google Calendar: un correo que había pasado desapercibido y que me advertía que estas horas, las que estaba viviendo, iban a ser las últimas para aprovechar veinticuatro cuotas sin interés en instrumentos musicales.
Tengo veintiséis guitarras. Cuando empecé a escribir este cuento, tenía dos menos. Tengo muy claro que, de todas las cosas que existen, la única que no necesito es una guitarra nueva. Pero soy débil, así que cerré los ojos con fuerza, como cuando aparece el monstruo en las películas de terror. Pero fue inevitable.
Me fuerzo a dormir. Repaso historias viejas para intentar conciliar el sueño, pero no hay caso. Me desvelo. Vuelvo a enfocar en la pantalla del teléfono —y por eso me declaro culpable—, le subo el brillo y me acomodo en la cama. Ro balbucea entredormida algo que no llego a entender. Después, sin despegar los párpados, mira hacia mí y quiere saber si estoy bien. Le digo que sí sin mirarla.
—Sí, sí, tranqui, no me puedo dormir —miento.
Entonces, hago clic.
Soy nieto de un pescador: me corren mentiras por el ADN. Mi abuelo Adolfo era capaz de morirse de pie esperando un pique, o de hacer dos mil seiscientos kilómetros en un Citroën 3CV persiguiendo la promesa de algún cardumen. En alguna de nuestras charlas —antes de la última, en la que me regaló la caña y el reel—, quise saber dónde estaba el encanto: «¿Para qué pescás…?», le pregunté con el desparpajo de la infancia. Y subí la apuesta: «Si podés conseguir pescado en la pescadería…». Él me fulminó con la mirada, pero tuvo la paciencia de darme una lección: «Cuando uno va a pescar, se vuelve primitivo, ¿sabías? Estamos ahí, esperando que pase algo que deseamos mucho. ¿El abuelo puede ir a comprar a la pescadería? Sí, puede, pero no tendría emoción. Saber que algo quizás no pase tiene su encanto. Ese es el encanto de ir a pescar: disfrutar el momento previo hasta que pasa. Ya lo vas a descubrir». Y después, se murió.
En los años que siguieron a su muerte, nunca le encontré sentido a pararme frente a un río con los dedos rotos de frío para clavar un gusano en un anzuelo y lanzarme al letargo de la espera. Pero ahora estoy frente a mi propio río: «Se encontraron 1.037 resultados que coinciden con la palabra Fender», devuelve la búsqueda. Y hay un banner espantoso que parpadea y me derrite de ansiedad: «ÚLTIMAS HORAS: 24 CUOTAS SIN INTERÉS EN TODA LA TIENDA».
Afuera de mi cama hace un frío que te deja sin ganas de vivir. Son las noches más heladas de un invierno horrible que hace unos días aterrizó en Buenos Aires y amenaza con quedarse. Empiezo mi pesca deportiva. Son casi las tres de la mañana. Voy pensando cuál será mi presa. Empiezo a descartar: ¿acústica o eléctrica? Acústica. ¿Cuerdas de nylon o de acero? Acero. ¿Con corte o sin corte? Con. ¿Electroacústica? Totalmente. «Se encontraron 17 resultados que coinciden con tu criterio». Si tuviese criterio, pienso, estaría cerrando los ojos para dormir algunas horas antes de que suene la alarma para llevar a mis hijas a la escuela.
Afino la puntería: empiezo a ver círculos concéntricos en mi propio río de cuerdas y ofertas. Hay pique: «Se encontraron 2 resultados que coinciden con tu criterio». Es ahora. Tengo que ir a buscar la tarjeta de crédito —el arpón de esta pesca— y concretar, sacarla del agua, cortarle la cabeza, tirarla a la sartén con aceite hirviendo, convertirla en anécdota.
Pero entonces empiezo a poner algunas excusas con la parte racional de mi cerebro: que mi billetera está en el auto, que el auto está en la cochera y que la cochera está fuera de casa. Que no quiero ir a esta hora a buscar la tarjeta de crédito para hacer un desastre. Pero hago cuentas rápidas: a plata de hoy, cada cuota serían dos kilos de milanesas. «Te la están regalando», dice la otra parte de mi cabeza.
Busco la calma. Agarro Días y noches de amor y de guerra, un libro de Galeano que vengo leyendo en diagonal. Leo una página y media y me desarmo de sueño.
Entonces aparece en medio del sueño, en blanco y negro. Me mira y me habla. Es una Fender hermosa, como tantas otras Fender hermosas que tengo. Me mira y me dice: «Compráme, cagón». Yo le esquivo la mirada. Soy consciente de que sonará distinto a todas las demás, de que habrá algo que la destaque, de que un acorde en particular tendrá una presencia increíble. ¿Un mi mayor con bajo en sol sostenido? Es el sueño húmedo de los músicos de fogón. Recorro cada cuerda, hago arpegios y toco jazz. Y tengo una revelación entre sueños: «¡Qué mierda! Ahora me despierto y la compro», me digo.
Cinco y cincuenta y cuatro de la mañana. Suena la alarma. Durante los últimos meses me vengo despertando con una canción de Alan Parsons que, si no cambio en los próximos días, pasará a la lista de melodías que odio con todas mis ganas. Pero todavía no. Camino algunos pasos hasta la cocina, pongo el agua para el mate y recién entonces me acuerdo: «¡La guitarra, la puta madre!». Vuelvo a la pieza. Agarro las llaves y el teléfono con sigilo, como si me estuviera escapando. Sé que tengo menos de diez minutos antes de que se despierten mis hijas y todo se vuelva imposible.
Bajo las escaleras mientras desbloqueo el teléfono y abro la página de la tienda. Escribo el modelo. Elijo el color. Agrego al carrito. Falta pagar y estoy. Completo todos mis datos. Salgo en jogging y remera a la calle. Hace dos grados bajo cero y tengo el auto en una cochera frente a mi casa, pero no me importa. Abro la cochera, corro hasta el auto y vuelvo con la billetera a casa justo cuando el agua empieza a hervir.
—Concha de mi madre, se hirvió. Voy a tener que empezar de nuevo —me quejo.
Lupe me escucha:
—Hola, pa, buen día.
—Dame un segundo, Lu. Tengo una situación.
Lupe tiene ocho años y está en la frontera entre saber y no saber qué significa «tengo una situación», así que por ahora me aprovecho de eso. Hace silencio. Me ve transpirar de ansiedad, de frío y de ilusión.
—¿Estás bien, papi? —quiere saber.
Le digo que sí, pero de forma totalmente automática.
Número de tarjeta. Fecha de vencimiento. Código de seguridad. Pagar. Y la web se queda colgada. Va y viene por ese submundo de bits y bytes que todos usamos sin conocer bien del todo. Una especie de ruedita gira en sentido horario durante algunos segundos largos. «El pago no ha podido procesarse».
Se despierta Agus.
—Hola, papi.
—Hola, Gugui, ¿todo bien?
—Sí. Me estoy haciendo caca. Caca y pis. Quiero agua. Agua y galletitas —me dice la menor.
A la mierda la Fender. Postergo la compra para cuando pase el desayuno y vuelva a encontrarme con mi tiempo.
Llevo a las nenas al colegio totalmente desconcentrado. No puedo dejar de pensar en mi guitarra nueva, en las veinticuatro cuotas, en la escala de do menor, en las maderas de álamo o de fresno. Tardo diecisiete minutos en dar la vuelta completa. Chau, Lupe, chau, Gugui, chau, papi. Acelero todo lo que puedo, avanzo media cuadra en contramano y no dejo pasar a ningún peatón. Me bajo del auto en movimiento y hago doble clic en las llaves para que se cierren los vidrios. Me doy cuenta de que no apagué las balizas, pero no me importa.
Corro al escritorio. Abro la compu y escribo la dirección. Busco de nuevo «Fender».
«No se han encontrado resultados para Fender. ¿Quisiste decir ténder?», me pregunta con soberbia. Insisto. Escribo cada una de las seis letras. F-E-N-D-E-R. Resultado: ténder. Tengo palpitaciones. Cierro los ojos y vuelve a aparecer, hermosa como anoche, pero con muchísimo más deseo. «Dale, compráme, cagón». Escribo de nuevo: FENDER. «No se han encontrado resultados para Fender. ¿Quisiste decir ténder?».
—¡Qué ténder ni ténder, la puta madre que te parió!
Me doy por vencido. Apoyo los codos sobre el escritorio y dejo caer la frente en el huequito que se hace entre las palmas de mis manos. Miro a mi alrededor. Ninguna de todas estas guitarras es como sería ella. Ninguna. Sí, allá hay una parecida, pero no. No, aquella tampoco.
—Váyanse todas a cagar, quiero estar solo.
«No se han encontrado resultados para Fender». Odio a quien fui anoche; si tuve las bolas de navegar entre el SPAM, ¿por qué no salí de la cama a buscar la tarjeta de crédito, cometer el crimen, recibir la compra, abrazarnos entre cuerdas y madera y cantar canciones desafinadas para siempre, al menos hasta que el deseo de una nueva guitarra vuelva a latir…?
Me desespero. Intento trucos que encuentro en internet para comprar productos que no tienen stock, escribo códigos, le pregunto a ChatGPT, pero nada. No hay forma.
Me queda una sola bala en la recámara: busco entre mis contactos. «Juan Manuel Dealer de Instrumentos». Todas las personas que tengo en mi agenda están ordenadas por nombre y apellido. Cuando no sé el apellido, lo reemplazo por el vínculo que nos une. Ricardo Milanesas, José Plomero, Juan Manuel Dealer de Instrumentos. Las últimas diez guitarras las compré en la misma casa de música, y a veces hago pesca deportiva. Le escribo. Le pregunto si tiene tal o cual cosa, camino por la fantasía de reventar ahorros y empiezo a escribir un mensaje que dice: «Juan, buenas tardes, mirá esta guitarra que te paso. ¿Tenés en stock?». Pero, automáticamente, me vuelvo un adulto responsable que sabe que no es ni será músico, y lo borro.
Sin embargo, cada tanto tengo recaídas, y hoy es cada tanto. «Juan, buenas. ¿Tenés esta guitarra en stock?». Enviar.
Los diez minutos que tarda Juan en contestar son eternos. Deambulo sobre mis pasos buscando respuestas a una pregunta que yo mismo hice y, de repente, el teléfono vibra. Es un audio de él: «Qué hacés, loco. Sí, tengo una igualita. Ahora te paso el precio».
El segundo mensaje no llego a leerlo. Estoy parado frente a Juan y mi nueva guitarra, a punto de derretir mi tarjeta de crédito una vez más. Cierro los ojos y la veo de nuevo; la miro fijo, todo vuelve a ser blanco y negro, como en un sueño. Las cuerdas le tiemblan, las clavijas se le aflojan solas. Le clavo la mirada y le susurro:
—Dale, vení ahora, cagona.
Y nos vamos juntos para siempre, hasta que vuelva a desvelarme para hurgar en el SPAM.