Muerto mi amigo, muertos todos

Una de todas las tardes en que llegué al club y me senté en la mesa de Pupi a charlar con él de la vida, jugar al truco de a dos o humedecerme los labios con alcohol, lo encontré errático, con la mirada perdida: el único ojo bueno que tenía se iba por ahí, a algún rincón en el techo del salón, o se cerraba un rato detrás de los «ahumados», como le gustaba llamar a los lentes oscuros que usaba los días de sol. Habían pasado cinco años de ir cada tarde a ver viejos jugando a las cartas y peleándose por dos mangos. Teníamos un vínculo. Le robé un Le Mans suave corto y nos pusimos a fumar en silencio. Yo tenía dieciséis, y él, cincuenta. Siempre me contaba alguno de sus pesares, aunque maquillado, y yo le contaba alguno de los míos, que por entonces serían una mala nota en el colegio o alguna chica que no me daba bola.

—El año que viene me muero —me dijo. Después sopló humo por la nariz y se le escondió el bigote.

Fue el mejor verano de mi adolescencia. El siguiente ya tendría que haber resuelto qué iba hacer con mi vida y darle sentido al ser humano que crecía adentro de esa criatura desproporcionada que era. Y fue el último verano de verdadera juventud: nunca más tendría tres meses enteros de vacaciones ni tiempo para ver todos los partidos de un campeonato de fútbol o para prenderme en todas las fiestas de todos los amigos que me cruzara en el camino. Pero mientras viví ese verano, el último de verdadera y absoluta libertad, lloré por primera vez la muerte de un amigo.

Yo había vuelto a Buenos Aires atado a la soga que colgaba del cuello de mi viejo. Los noventa nos habían pasado por encima. Todos aquellos que habían llegado jóvenes y profesionales al pueblo del interior en el que vivía empezaban a irse a ritmo de vals, en autos cargados de muebles y de derrota, otra vez a sus lugares de origen. Así la vida me devolvió —telegrama de despido mediante— al corazón del conurbano bonaerense. Tenía doce años y dejaba Río Tercero siendo un nene para instalarme en Lomas de Zamora sin amigos, sin recuerdos y sin sentido.

Los primeros meses fueron de apatía y suspenso. Caminaba las mismas cuarenta cuadras todos los días para ir y venir del colegio. Cuando llegaba, me encerraba en mi habitación —compartida, alquilada y llena de cajas apiladas— a leer alguna revista, jugar al Sega o hacer la tarea. Me iba muy bien en el industrial, y era aburridísimo. A mitad de año conocía todas las fatalities del Mortal Kombat y estaba harto de escuchar a mis viejos quejarse, a mis hermanas pelear entre sí y a mi conciencia decirme «tenés que hacer amigos nuevos». Entonces, salía a la calle a hacer contacto visual con algún vecino de edad parecida a la mía. Hasta que un día apareció el Nívor. Nunca supe si fue una salvación o un castigo, pero ese hermoso y delirante ser fue la puerta de entrada a un mundo distinto a todo lo que había conocido en mi manso y lejano pueblo cordobés. Me presentó una docena de pibes de mi edad, cada uno con sus complejos, sus virtudes y sus egos. Nos hicimos amigos esa misma tarde. Alguno de ellos tuvo la idea de jugar al fútbol: «Vayamos al club a patear un rato», propuso el Tola.

La diferencia entre el fútbol amateur e infantil de Río Tercero y el de Lomas era colosal. Allá teníamos un polideportivo inmenso con canchas de once, pasto y arcos de verdad, en medio de un predio rodeado por eucaliptus interminables. Acá los pibes pagaban diez pesos por hora para jugar en un cuadrado de cemento espantoso con techo de chapa y paredes despintadas. En ambas canchas, yo era pésimo. De haberme cruzado entonces con el genio de la lámpara, mi primer deseo habría sido que me concediera la habilidad de saber patear más de dos veces una pelota sin que pique el suelo. Poder devolver de primera. Pegarle de tres dedos. Pisarla con la suela. Amagar para un lado y salir para el otro. Algo. Cualquier habilidad futbolística. Pero no. Dios o quien fuera me dio destrezas para escribir sin errores, tocar instrumentos y ganar sorteos, pero ni por casualidad tuve la fortuna que todo varón argentino desea desde que nace: ser elegido primero en un pan y queso. Y si hubiera podido pedirle un deseo más, habría sido eliminar el recuerdo de lo mal que jugué siempre a la pelota, y, en su lugar, implantarme un par de buenos recuerdos falsos: algún gol olímpico, una chilena, una parada de pecho, un pase de primera.

Acompañé a mi nuevo grupo de amigos a jugar fútbol cinco a la única cancha del Río del Sud, un club de barrio con olor a humo de cigarro permanente, donde casi nada de lo que veía se parecía a un deporte o a una actividad relacionada con el bienestar. Las tardes en el 9 de Julio —mi club cordobés—, en cambio, estaban repletas de tipos atléticos y señoras que jugaban tenis; de nenes que practicaban tres o cuatro deportes por semana; de nenas que hacían piruetas sobre un caballete. Pero acá no. Desde que volví a vivir en Buenos Aires, en mi mente el concepto de «club» se asocia a un montón de viejos gordos o escuálidos —sin términos medios— jugando al truco y al tute, chupando desde las cinco de la tarde, doblados de resaca a las nueve de la noche, durante todos esos años que ocurren entre la jubilación y la muerte. Si un extraterrestre hubiese bajado a la Tierra cualquier día en el instante en el que el Río del Sud abría sus puertas, jamás habría sospechado que ahí adentro se hacía algún tipo de práctica deportiva. Sin embargo, cruzando ese patíbulo con cuatro mesas redondas rodeadas de viejos al borde del óxido y del olvido definitivo, había una cancha de fútbol, quizás la más triste que había visto en mi vida. Sin pasto, sin redes, sin banderín de córner. La pelota ni siquiera picaba bien. De los miles de partidos que jugué ahí adentro, jamás podré decir que hubo un día en que la cancha estuvo vestida a la altura del compromiso.

Durante los primeros partidos que jugué con mis nuevos amigos, nobleza obliga, se comportaron como verdaderos caballeros, muy lejos de lo que realmente son. No tuvieron el coraje de dejarme último en ningún pan y queso, lo cual habla de que, cuando eran niños, eran cabales y respetuosos. Es muy feo dejar último en la elección de jugadores al más nuevo del barrio. Hoy se llama «bullying», pero siempre fue «forrear». Al primer o segundo mes, noté una merma en la efusividad con la que era elegido. Había dejado de ser una excentricidad, un pibe con ideas, acento y costumbres nuevas, para ser uno más y, probablemente, el peor de todos los que pisaban la cancha. Y me fui aburriendo. Así, opté por un lugar más cómodo y busqué algún pretexto para poder quedarme en la antesala, viendo cómo un grupo de viejos con el alma pobrísima se sacaban la guita unos a otros jugando a las cartas. Me parecía fascinante. En Río Tercero, los tipos de esa edad —a partir de los sesenta— eran hombres de campo, independientemente de su riqueza. Hacendados o peones, pero exhalaban paz y parsimonia. En cambio, acá era dantesco y preocupantemente seductor verlos desgranarse de angustia, pobreza y desazón.

Pasaron poco más de dos semanas para que perdiese por completo el entusiasmo por jugar fútbol cinco y la ilusión de hacerlo bien. Así, me fui volcando poco a poco a las cartas y, en menos de un mes, ya conocía todo el paño, las nuevas señas, quiénes eran de Banfield y quiénes de Los Andes; cuál era capaz de matar porque no le habían pagado un Gancia y cuál otro era capaz de matarte por tomárselo.

De las cuatro mesas que tenía el club, dos de ellas —la uno y la tres— eran para habitués; otra —la cuatro— era para cuestiones menores (como partidos de dominó, cata de escabeches y chimichurris o reuniones de comisión directiva), y en la restante —la mesa dos—, todas las tardes estaba sentado el mismo viejo solitario. En la mesa uno se jugaba al tute, y en la mesa tres, al truco. La mesa tres se llevaba casi toda la atención. Lo importante no eran los que estaban sentados ni qué cartas jugaban o cuán bien mezclaban la baraja. El verdadero espectáculo estaba en las tribunas. Cada tarde, seis viejos se sentaban a jugar y un número similar los rodeaba de pie. Era placentero ver a esos, los periféricos, haciendo señas para batir las cartas que tenía uno u otro. Entre los más tramposos, recuerdo a los turcos, dos mellizos relativamente jóvenes y pelados. Eran enormes y, además, eran los mellizos de mayor edad que había visto en mi vida. Hasta entonces, todos los mellizos que había conocido eran como yo o menores, quizás producto de que antiguamente se jugaba menos con las fertilizaciones in vitro y la genética. Lo cierto es que siempre estaban haciendo gestos de besitos o mordiéndose los labios para anunciar un dos o un tres, guiñando los ojos, levantando la frente. Y, cada tanto, alguno se enojaba.

Recuerdo con detalle la tarde en que lo cagaron a Atilio, un viejo de ojos achinados que usaba bombacha de gaucho, gordo y con pinta de milico retirado de la Bonaerense. Uno de los mellizos hizo mal la seña a propósito, y Atilio, receptor del dato de contrabando, cantó confiado: «¡Truco a esa mierda!». Cuando le dijeron que sí, que querían, y que retrucaban, y que le iban a querer cualquier otra mierda que cantase, Atilio se puso de pie, tiró sobre la mesa cuatro billetes marrones con la cara de Belgrano junto a un tres de espadas y empezó a cagarse de risa: «¡¿Qué mierda tenés?! ¡¿Qué mierda tenés?!», prepoteaba a Vicente, un viejito impecablemente vestido, siempre de trajecito y sombrero, al cual habíamos bautizado «Humphrey Bogart». Vicente, como un caballero, se acomodó primero el bigote y después el sombrero. Le clavó los ojos a Atilio y se supo el centro de todas las miradas del club, por lo cual demoró el suspenso y llevó a su pecho la única carta que le quedaba. «¿Sabés qué tengo, Atilio?», preguntó sereno. «Tengo un vermú gratis que vas a pagar vos y que voy a tomar ahora mismo con ellos, mis compañeros de equipo». Y revoleó con suavidad un siete bravo sobre la mesa. Atilio se puso bordó. Todos pensábamos en un infarto, algo posible a su edad y acorde a su peso. Pero no; era todo ira. Llevó los ojitos achinados a la cara de uno de los dos mellizos y lo empezó a putear como se puteaba antes, con altura y con violencia: «¡Pero mirá que tenés que ser hijo de puta para hacerme entrar así, y la reputísima madre que los parió, a vos y al forro ese igual a vos!», pataleaba, y se fue caminando sin sus cuatro marrones, que ya pagaban otra ronda en la barra del viejo Esteban, el bufetero de turno.

Rechinando las alpargatas y algo torcido por la hora y por los vinos, Vicente interrumpió a Esteban y pidió dos copas más, una para cada mellizo. «El triunfo es de todos», dijo, y empezaron a reírse a espaldas de Atilio. Nos reímos. Por lejos, yo era el menor del grupo, pero había aprendido a pasar desapercibido, y ahí estaba, rodeado de viejos con costumbres y manejos muy distintos a los que yo conocía.

Mientras todos se reían, Pupi jugaba a hundir un hielito en su vaso de ginebra Bols. El gesto era magnético. Cuando el bullicio del festejo empezó a volverse difuso, me acerqué por primera vez hasta la mesa dos del salón. Quería saber por qué Pupi no festejaba, por qué siempre estaba solo, por qué no se reía como los demás. «¿Puedo sentarme acá?», pregunté con inocencia. «No», me contestó mientras apagaba un pucho de filtro blanco en un cenicero plástico de Coca-Cola al que se le veían apenas algunas letras. Me quedé inmóvil, pero lo respeté. «Tendrá sus razones», pensé y me fui a mi casa.

Desde entonces, cada tarde que fui al club —es decir, todas las tardes de todos los días desde que volví a Buenos Aires y hasta que tenía diecisiete años— la dediqué a entender a ese hombre viejo, solitario y distante que me cautivaba y a quien sentía cercano. Cada día, a fuerza de «buenas tardes» y «hasta luego», comencé a construir un vínculo que se fue estrechando muy de a poco. «Buenas tardes, Pupi», decía con respeto. Él parecía no enterarse, pero yo insistía. Fui repitiendo mi «buenas tardes» todos los días hasta que me sentí reconocido.

«Hola, barón», me saludó un día sin mirarme. Me acerqué. «Barón. Barón con be de “buen pibe”», dijo, e hizo un gesto para que me sentara en su mesa. Entonces empezamos a conocernos. Parecía una de esas relaciones que se dan de forma repentina entre la vieja del barrio y el perro que un día aparece en su cuadra. Los primeros días, la vieja lo saca a escobazos porque le meó el malvón o le mordió la ruda. Pero los días pasan y el perro sigue ahí, firme, solo, sucio, tiritando, y la vieja —que es vieja pero no de piedra— decide que es hora de darle las sobras. Y entonces, el mismo final. Que lo hubieses visto, que pobrecito, que debe de estar perdido. Y de buenas a primeras, sin entender bien cuándo empezó todo, un día el perro duerme a sus pies mientras ella hace un ovillo con la lana y mira la novela a la hora de la siesta. Algo así ocurrió con Pupi, un viejo hermoso que, sin saberlo, se convirtió en mi primer amigo viejo. Y también, en mi primer amigo muerto.

Empezamos a enseñarnos cosas. Un día caí en el club con una filmadora, y él la examinó con una atención que nunca volví a ver en nadie. Otro día me puse a explicarle derivadas, trigonometría y cuadráticas. «Las matemáticas son una mierda, barón». Yo me reía. Me gustaban las matemáticas, pero también me gustaba ese espacio de confianza que había encontrado en un viejo con historias que en mi casa no pasaban. «¿Te conté del día que me cogí a una renga?», me preguntaba con curiosidad docente. Yo siempre le decía que no: quería escuchar las historias que salían de atrás de sus bigotes en las pocas ocasiones en las que no estaba callado o fumando.

Con el tiempo, me fue enseñando trucos: para jugar al pool, para hacer carambolas en el billar, para cantar las cuarenta en el tute. Todos saberes que todavía tengo y que no se aprenden en ningún aula. A nuestro alrededor, los personajes jugaban truco y se puteaban, festejaban goles que se veían borrosos en un televisor de catorce pulgadas sobre la barra, y se iban yendo, de a poco, siempre antes que Pupi, que era el primero en llegar y el último en irse.

En esos encuentros, nos fue creciendo la amistad. Yo le contaba alguna pena, y él me inventaba alguna historia donde siempre estaba a punto de tocar la cima, pero se escapaba por la puerta de atrás. Que lo habían elegido presidente del Rotary Club, pero que eso era para los hijos de puta, así que no aceptó. Que lo habían postulado para gerente de un banco, pero él prefirió seguir con lo suyo.

«Lo suyo» siempre fue una incógnita: nunca le conocí una ocupación ni supe cómo pagaba los vicios. Pero ahí estaba, con la garganta siempre húmeda y los pulmones explotados de humo, cada tarde, cada noche.

Era diciembre. Llegué a la mesa dos con un diario Olé para repasar los partidos con Pupi y lo vi apagadísimo. Gris.

—El año que viene me muero —soltó.

Lo miré extrañado y solo atiné a preguntarle de dónde mierda había sacado esa información. Me enojé y le dije que no era vidente, que no tenía idea de lo que estaba diciendo y que, probablemente, tenía que dejar de tomar un poco. Protestó con un chistido y levantó los dos primeros dedos de la mano derecha, como hacía siempre, para llamar a Ponte, el nuevo bufetero del club.

—Una ginebrita, Ponte —pidió, y sacó un billete de cinco pesos del bolsillo de la camisa para pagar—. Quedáte con el cambio —ordenó.

Los dos días siguientes, Pupi faltó al club, y yo no lo perseguí ni quise saber de él. Di por sentado que tendría alguna gripe o un cumpleaños familiar; algo impostergable.

Después del fin de semana, nos encontramos nuevamente en la mesa dos del club. Pupi traía las advertencias en un sobre de plástico lleno de siglas y de porcentajes contundentes: su hígado era una esponja desvencijada, incapaz de absorber nada y a punto de pudrirse. «Estás al borde de una cirrosis», le había advertido el médico unas horas antes, sin reparo, mientras revisaba sus estudios.

—Subí al colectivo, saqué boleto y me vine para acá. No puedo ir a mi casa a contar que me voy a morir, porque se pondrían mal —me dijo con nostalgia, aunque sereno. Pupi tenía una familia a la que veía solo cuando el club cerraba, en ese tiempo entre la cena y la cama.

Mientras me contaba, yo lo miraba preocupado.

Levantó los dedos en ve corta y llamó a Ponte con un chiflido.

—¡Ponte, por favor, vení!

Ponte se acercó. Pupi dio una vuelta lenta al celofán del Le Mans para estirar el momento. Los fumaba hacía cuarenta años. Después sacó un cigarrillo, lo pasó dos veces por sobre el bigote, inhalando por la nariz. Dudó en encenderlo, pero finalmente cedió. Pitó profundo un par de veces sin soltar el humo, hasta que habló:

—Me queda poca cuerda, barones —nos dijo a mí y a Ponte, y empezó a echar humo hacia el techo, sin mirarnos. Una bocanada larga y finita. Manejaba muy bien el suspenso y lo sabía.

Yo, que estaba al tanto de su sospecha y conocía los resultados de los estudios, me quedé mudo. Ponte se quedó petrificado. Entonces, Pupi dio las órdenes.

—Por favor, traéme un Terma —mandó.

Ponte abrió los ojos como nunca. En sus años de bufetero, jamás le habían pedido algo sin alcohol, salvo los chicos que iban a jugar a la pelota, que cuando tenían sed solían comprar alguna Coca-Cola en envase de vidrio. En cambio, los viejos —permanentes y discontinuos, ocasionales o fijos— funcionaban solo con alcohol. Un poco sonrió, Ponte, y le repreguntó:

—¿Terma? ¿No será ginebra? —y le guiñó un ojo buscando complicidad.

Pupi no se rio.

—Hagamos esto, mejor: de ahora en adelante —comenzó a explicar—, te voy a pedir una ginebrita, como siempre. Para no perder el hábito. Pero vos vas a ir al otro lado del mostrador, vas a abrir la heladera marrón y me vas a preparar un Terma con agua fría y dos cubitos. Va a ser nuestro código. No puedo tomar nunca más porque me muero, Ponte. Tengo el hígado arruinado, igual que todos esos viejos hijos de puta de allá —dijo señalando al rebaño de timberos que jugaban en la misma mesa de siempre, por la misma guita de siempre y con los mismos artilugios tramposos de siempre. Pupi los odiaba. Odiaba ser parte de ese antro, ser una pieza fundamental, aunque diferente a todas; compartir su tiempo, su aire viciado; sentirse tan de otro costal. Pidió confidencialidad, y Ponte y yo juramos cumplirle.

Pasaron los días, las tardes y los meses de aquel verano extrañamente corto en mi recuerdo. A las cinco de la tarde —puntual—, Ponte daba dos vueltas de llave para abrir el club y, algunos minutos más tarde, como las palomas que se acercan a comer migas de pan en la Plaza de Mayo o los cirujas que salen a cartonear después de que pasan los basureros, un puñado de viejos iba apareciendo y gritaba alguna consigna repetida. Alguna arenga. «¡A ver los del tute!», convocaba Valdo, siempre bronceado y sonriente. «¡Boca y Banfield!», pregonaba Miño. Pupi entraba solo e iba directo a su silla, la única que nadie tocaba jamás. Se sentaba, jugaba una vez más con el celofán del Le Mans y, un rato más tarde, asomaba un billete de San Martín para llamar a Ponte: «¡Una ginebrita, Néstor!». Ponte respondía: en el mismo vaso de cada tarde, servía un Terma con agua helada y dos piedritas de hielo. Pupi repetía el juego del dedo que le pegaba al hielo y, de vez en cuando, se humedecía los bigotes. Tomaba un traguito. A veces fondeaba. A decir verdad, creo que odiaba tomar Terma tanto como amaba tomar ginebra, pero quería seguir viviendo, aunque no supiera por qué ni para qué, como me había confesado varias de las veces que lo acompañé borracho hasta su casa después de que el club cerrara. «La vida es una mierda, barón. Pero me encanta», se contradecía.

El ritual del Terma y la ginebra se repitió cada tarde, entre diciembre del noventa y ocho y abril del noventa y nueve. Aunque había dejado de tomar alcohol y fumaba cada vez menos, Pupi se fue convirtiendo en algo cada vez peor: engordó varios kilos, olía mal y el humor se le fue secando.

La tarde de mi cumpleaños, me dio un abrazo y después se fue al baño a vomitar.

—Voy a morirme al baño y vuelvo, barón —me dijo con risa de payaso triste. Se apagaba.

Después volvió a su mesa, pálido como un papel, y estiró la mano con otro San Martín flameando.

—¡Ponte, una ginebrita!

Los resultados de los estudios habían llegado a las manos de Ponte: índices desacomodados, enzimas fuera de control, muestras por arriba de todos los valores normales. «Es cáncer», había dicho el médico. Ponte miraba la nada desde la barra del club, perdido en el eco de la palabra más grave de todas. «Cáncer», repetía mientras se palpaba la garganta, arrepintiéndose de los años fumados y pensando en su mujer.

De pronto escuchó el grito de Pupi, que lo despabiló un poco.

—¡Ponte, una ginebrita!

Con la cabeza en otro lado, sin la seguridad de un futuro, Ponte abrió las puertas de la heladera que estaba a sus espaldas, sacó el sifón de soda y destapó una botella de color marrón: ginebra Bols. Puso dos hielos y llenó el vaso.

No lo supe en ese momento, pero estaba sentado en la platea preferencial a punto de ver la previa del funeral de mi amigo. Una especie de funeral en vida. Ponte caminó los pasos que separaban la barra de tragos y la mesa dos del club con la misma velocidad de siempre: lento. Sacó un posavasos de Cynar, lo apoyó delante de Pupi, dejó el vaso transparente y se fue con la mirada perdida. Una vez más, Pupi jugó con el vaso. Matizaba la espera punteando los hielos con el dedo hacia el fondo para ver cómo se deshacían. Mientras, contaba historias larguísimas e inverosímiles, como esa del día que se cogió a una mina a la que le faltaba una pierna: «Era renga, pero cogía como la puta madre», detallaba sabiendo que me encantaba. O la de la tarde que mató a un custodio en un galpón en Florencio Varela: «Había quilombo, ruidos. Yo era sereno. Me paré y dije: “Quieto o disparo”. Y se movió: tuve que hacerlo cagar». Aunque nunca creí en sus historias, me causaban el mismo efecto que el fútbol o la magia: sé que lo que veo es mentira, sin embargo, creo, me emociono, me enojo, puteo, me asombro.

En medio de algún silencio, Pupi se llevó el vaso a la boca. Cuando humedeció los bigotes con alcohol, las agujas de todos los relojes del mundo se frenaron de golpe y cambiaron su curso. Los ojos se le volvieron chiquitos. La cara se empezó a preocupar y la comisura del labio dibujó una media sonrisa.

—¡La concha de mi puta madre! —protestó de placer—. ¡La reconcha de mi puta madre! —repitió.

Jamás en todos los años que había vivido hasta entonces y jamás en los que llevo vividos, vi a un adulto con una mueca de felicidad y amor tan grande como la que esa tarde reflejó Pupi Soldi al reencontrarse con la ginebra: su debilidad, su musa y su amante. Primero, fue un traguito tímido y culposo, lleno de terror; después, otro un poco más grande. Finalmente, dirigió la pera al cielo y chocó el cubito contra sus paletas. Pidió dos más. Pidió una tercera y otra más después. Unas horas más tarde, pidió ayuda.

—Lleváme a casa, por favor —suplicó con felicidad de borracho y de inocente.

Caminamos aquellos pasos hasta su casa por última vez. Lo dejé en la puerta, le di un abrazo, toqué el timbre y me fui antes de tener que explicarle a nadie esa amistad entre un viejo arruinado y un pendejo que no sabía patear una pelota.

El siguiente recuerdo que tengo es de unos días después, en la terapia intensiva. Pupi cayó internado, su situación era irreversible, pero al menos me daba la oportunidad de despedirlo:

—¿Por qué? —le pregunté como si fuera su culpa; como si hubiera sido posible que su destino fuera otro.

Desesperado pero en paz, lleno de cables en una cama de hospital público, me agarró de las manos y me dijo:

—Barón, esa ginebra fue como besar a la mujer más hermosa del infierno —y cerró los ojos.

Después de eso vinieron la tos, la sangre, la emergencia, el desconsuelo. La manta blanca, los familiares llorando. El silencio.

En el club, un cartel decía: «Los restos de Juan Carlos Soldi serán velados esta noche en Bonafin». Los viejos hicieron silencio un rato y apenas se lamentaron. Enseguida volvieron a cantar truco y falta envido. Pero ya no había nadie en aquella silla de la mesa dos mirándolos luchar contra sus miserias.

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