Inadaptado silvestre
Es 2008 y estoy en San Pedro cebando el primero de una serie entrecortada de mates amargos. Recostado en el pasto, la cabeza apoyada en la panza de Ro y el Paraná haciéndole cosquillas a la playita artificial. Abro un libro y empiezo a leer en voz alta, aprovechando que todavía no nos merodean criaturas. Aún no sé que la parca ha decidido pasar el fin de semana conmigo. Pensándolo bien, no tenía ganas de descubrir en ese momento cómo se siente asfixiarse, pero a veces no hay opción: la muerte está ahí, zácate. Te la da cuando estás distraído, con la guardia baja.
Las pausas entre capítulos son la excusa perfecta para mejorar la tarde. Acomodar la yerba, calentar el agua, mordisquear un bizcocho, robar un beso; mirar a Ro a los ojos. Todo muy lindo, hasta que siento la quemazón de una picadura en la axila de la pierna, ese hueco sin nombre popular ubicado atrás de la rodilla. Al principio, le resto importancia. Hago un ademán y me rasco. Noto un pequeño sarpullido rojizo y algo de picazón, pero sigo leyendo, concentrado y en voz alta, como si nada.
Cuando la historia que estoy leyendo se pone realmente interesante, llega el ataque definitivo. Al unísono, cuatro picaduras ardientes y punzantes se cuelan rápidamente dentro del torrente de sangre del dedito más chico de mi pie izquierdo.
—¡Ay, la reputísima madre que me parió! —protesto.
Y ahí las veo: cuatro hormigas rojas endiabladas mordiendo mi dedo con el mismo fervor que un perro callejero revienta una bolsa de basura con restos de asado.
Ro me mira sorprendida. Quiere saber qué me está pasando. Y cuando quiero explicarle, me invade una ola de calor picante. En silencio, cierro el libro como quien da un portazo a un taxi en el que fue maltratado y empiezo a transpirar.
La verdadera picazón llega después: primero un hombro, luego las rodillas, más tarde el cuello. Me pica todo el cuerpo, pero no quiero dar señales de debilidad ni confirmar que estoy a punto de arruinarnos el fin de semana. Me aguanto, como esos personajes que quieren disimular un tic nervioso y lo empeoran.
Entonces me paro y siento un mareo débil. Miro a Ro a los ojos y le digo que mejor me voy a dar una ducha. Que de tanto sol, ya tenía demasiado calor.
Lo que pasa después solo puedo explicarlo uniendo retazos de recuerdos, comentarios y fotos.
Camino algo más de media cuadra hasta llegar al pedacito de sombra donde está estacionado el Clio. Ahí tengo todo lo necesario para bañarme. Cuando llego, Ro pega un grito suave:
—¿Estás bien, Gor?
Me doy vuelta para contestarle que sí, que está todo bien, pero no puedo hablar. Mi voz suena como un cassette con la cinta enganchada; como un disco de vinilo a menos revoluciones. Cuando en una película alguien está a punto de desvanecerse, se utiliza ese recurso: la voz sale lánguida y lenta, y eso es exactamente lo que me está pasando, pero no estamos en ningún set de grabación.
Me miro en el espejo del auto: tengo toda la cara roja, tanto como los dedos martillados de un carpintero principiante. Manchas rojas en toda la cara, la voz que se apaga y un andar tembloroso. Es evidente que la muerte está a punto de picarme el boleto. Corro hasta el baño del camping y empiezo a arrancarme la ropa para meterme en la ducha, creyendo que eso mejorará algo. Sin embargo, la situación se agrava.
Dos minutos más tarde estoy desnudo, con la cabeza llena de shampoo. Un guardavidas se acerca a intentar salvarme, está dispuesto a cualquier cosa.
—Hola. ¿Cómo estás? Me llamo Martín. Primero que nada, quedáte tranquilo. Estás por entrar en shock. Yo sé reanimación cardiopulmonar y respiración boca a boca. Te voy a salvar —me dice para intentar calmarme. Algo que, obviamente, causa el efecto contrario.
Así, en bolas, mojado y tembloroso, lo veo acercarse a mí y pedirme que abra la boca. El sentido auditivo me funciona bien, pero no puedo conversar. Abro grande la boca y él me da un mensaje de aliento certero y necesario:
—Se está cerrando la glotis, hay que hacer algo ya porque puede ser mortal —dice como para distenderme.
Entonces, me desvanezco.
Las próximas tres escenas componen una misma obra a la que llamo «Inadaptado silvestre», y responde a la historia de un hombre que se crio descalzo cazando langostas y jugando con víboras en el medio del campo, en el corazón de un país que queda en el culo del mundo, y que ahora, viejo y civilizado, rodeado de edificios en la gran ciudad y el confort capitalista, no resiste la picadura simultánea de más de dos hormigas coloradas.
En la primera escena, estoy acostado en una ambulancia, en un camping de la ciudad de San Pedro. Me están inyectando una garrafa de Decadron para que vuelva a respirar con normalidad y me hablan pausado.
—Tranqui, estás conmigo —repite Ro una y otra vez.
Entredormido, hago contacto visual con una médica que tiene una jeringa usada en su mano izquierda.
—Yo creo que vas a estar mejor —pronostica.
En la segunda escena, estoy con el Dr. Malbrán en su consultorio frente al Obelisco porteño. Es un alergista de renombre que me explica que algo en mi sistema inmunológico mutó y que, desde ahora —y para todos los días que me queden—, voy a tener que protegerme de la picadura de este tipo de insectos. Quiero saber por qué, y me responde con las palabras que no quería escuchar:
—Es que un ataque de estas hormigas podría matarte —subraya.
—Bueno, no creo que sea para tanto —digo con la tozudez del que no quiere aceptar.
—Es.
La tercera y última escena es recurrente, sucede cada vez que viajo a algún lugar inhóspito, una playa paradisíaca en un rincón del planeta o un campo alejado de la civilización. Ahí estoy yo, barbudo, canoso y alérgico, comprando una inyección de epinefrina que tengo que llevar conmigo a todos lados por si la cosa se pone picante y las hormigas corren el rumor de que pueden voltear al gigante si abandonan el hormiguero al mismo tiempo. Si eso ocurre, tengo que inyectarme esta droga intramuscular como en las películas: romper el envase, arrancar con los dientes el capuchón que cubre la aguja y perforarme el muslo con cara aguerrida y muchísima velocidad, pues tengo apenas unos minutos para llegar a un hospital y ser atendido.
Después de aquella tarde, nunca bajé la guardia. Las suelas de mis zapatillas se volvieron genocidas de hormigas, y mis ojos caminan por el campo de batalla buscando al enemigo en cada pícnic, cada vacación, cada paseo a la plaza. A veces sueño que estoy en medio de un hormiguero repleto de hormigas asesinas y me despierto tembloroso, sin poder hablar, poseído por la picazón en todo el cuerpo. Entonces abro el cajón de mi mesita de luz, veo la jeringa intacta y le ruego que nunca me abandone.