Me chocó un pelotudo
Esas cuatro palabras, «me chocó un pelotudo», se las dije a la chica que me atendió cuando llamé al seguro. Y se rio tanto cuando le conté los detalles que me pedía perdón por tentarse y que, por favor, parara de repetirlo.
—A ver si lo entiendo —risas—: ¿usted me está diciendo —carcajadas— que chocó su propio auto? —euforia.
Nunca conocí a una persona que haya tenido un accidente de tránsito y diga «la culpa fue mía». Hay algo enquistado que no nos permite hacernos cargo del error: yo no fui, yo no empecé, yo no lo voté. Y cuando estamos manejando, eso se potencia. «Me chocó un boludo que…», empiezan todos los relatos de accidentes de tránsito en Argentina. Hay ahí algo intangible que funciona como mandato: no podés equivocarte al manejar.
Aprendí a manejar de grande, más cerca de los treinta que de los veinte, y desde entonces hice miles y miles de kilómetros y tuve varios autos. Disfruto de manejar. Pero saber manejar no me parece un valor agregado en absoluto. Decir «sé manejar» me resulta muchísimo menos atractivo que decir «sé la regla de tres simple». Es demasiado pretencioso destacarlo como una virtud. Hubo una época —felizmente superada— en la que me ganaba la vida en la oficina de Recursos Humanos de un banco. En esa oficina escondida en el Microcentro recibía toneladas de currículums en sobres a mi nombre. «Dominio del Paquete Office y herramientas contables». «Sistema Tango». «Cursando el tercer año de la Licenciatura en Administración de Empresas». «Licencia de conducir profesional». Siempre me llamaron la atención aquellos postulantes que destacaban entre sus habilidades la de saber manejar. No buscábamos choferes, y sin embargo ese dato aparecía muchas veces en el papel y varias más en las entrevistas. «Te cuento, ya que estoy, que tengo licencia de conducir y estoy habilitado para manejar camiones con acoplado», me dijo un postulante a cajero de una sucursal en 2006. Lo miré un poco más del tiempo normal. «Bueno, todo suma», se excusó.
Yo con mis autos nunca tuve una relación clásica. Y cuando digo «clásica» me refiero al deber ser de cualquier hombre nacido en el siglo pasado: que el auto deba ocupar un rol central en su vida. ¿No sabés manejar? Sos puto. ¿No te gustan los autos? Sos puto. ¿No sabés cambiar una cubierta? Además de puto, sos inútil. Pero yo nunca sentí nada por un auto. Tengo muy frescas las caras de asombro que causaba —y causo— cuando digo que para mí el auto es un pedazo de chapa, o que pocas cosas me resultaron más fáciles que aprender a manejar. Y lo digo en serio: no es una pose. En los circuitos de gente de mi edad —y, para peor, estoy formado en un colegio técnico y durante varios años trabajé en industria—, yo era un trotskista del volante. «¡¿Cómo vas a decir eso?!», me cuestionaban cuando repetía que, entre el auto y mis guitarras, elegía a mis guitarras. Es más: una vez vendí un auto solo porque no tenía ganas de usarlo. En las reuniones sentía un cuchicheo a mis espaldas: «Ese es el flaco que vendió el auto. Vino en colectivo». Había cometido el crimen de desprenderme de un auto y me había patinado la plata de la venta en un viaje. Entre viajar un par de meses por Europa y tener auto, preferí conocer Europa.
Pero los tiempos cambiaron. Paternidad mediante, se fue haciendo cada vez más cuesta arriba —aunque lo hice durante algunos años— moverme en transporte público con la manada. Cuando tuve la posibilidad de comprar un auto, no hacerlo me parecía más un capricho que una decisión. Entonces empecé a buscar un auto mediano, relativamente nuevo y sin mayores pretensiones. Gugleé dos días y al tercero fui y lo reservé.
—¿Ya lo señaste? —me preguntó descolocado mi viejo cuando le conté.
Había cometido el pecado capital —me enteré más tarde— de no haber ido a ver muchos autos. «Me acuerdo de cuando compré el Duna… Me había ido a ver uno a Tandil. Trece mil kilómetros tenía, pero pedía una boludez de guita, así que me fui. Lo terminé comprando en una agencia chiquita en Dolores», repetía como una hazaña un profesor de termodinámica que tuve en el año noventa y siete. Le dije que quizás lo que se había ahorrado en la compra del auto lo había gastado en nafta, y él me miró con tanta bronca que supe que tenía razón al señalarlo. También me enteré —cuando lo comenté con mis compañeros de trabajo de entonces— que hay un placer en el ir y ver muchísimos autos, de una a punta a otra del mapa, y yo había cometido la herejía de comprarlo en una agencia, a la vuelta de mi casa. Al parecer, la compra de un auto debía implicar dificultades.
El día en que compré aquel auto, llegué a la agencia a las once de la mañana con palpitaciones. El precio mejoraba mucho si pagaba en efectivo. «Pesos o dólares es lo mismo, pero en efectivo», me había dicho el vendedor, así que antes fui al banco a hacer una extracción. Llevaba una mochila vacía donde guardar el paquetito de dólares para hacer ese ritual del siglo pasado de pagar algo en efectivo, pero la diferencia de precio era mucha y me servía: con lo que ahorraba, cubría los gastos de la transferencia. Cuando fue mi turno, le dije a la cajera que necesitaba esa cantidad, y ella me explicó que no tenían dólares para entregarme, pero que podía hacer una conversión a dólar MEP para luego retirar pesos a ese valor. Salí a la calle, hice un llamado y confirmé que era más o menos lo mismo.
Caminé treinta cuadras con cuatro kilos y medio de billetes de cien pesos en la mochila. Era el Warren Buffett del conurbano, cruzando el paso bajo nivel de la estación de Lanús en una aventura muchísimo más riesgosa que entretenida.
Tardamos tanto en contar la plata a mano en la agencia que, en ese tiempo, tomé dos cafés y el vendedor fumó cuatro cigarrillos. Cuando nos pusimos de acuerdo en que no faltaba ni un billete, me dio las dos copias de las llaves y un par de papeles firmados. Me subí al auto y me fui. Aunque era un auto bastante nuevo —había sido patentado algunos meses antes de la compra—, tenía un olor espantoso, como si hubiesen hervido brócolis ahí adentro. Así que tuve que llevarlo al lavadero. Mientras lo lavaban, aproveché el tiempo y me puse a garabatear en un cuaderno juntando dos mundos: la costumbre analógica de escribir cosas en libretas y la modernidad de no releerlas nunca.
Volví a buscarlo una hora más tarde, pagué y me fui.
—Está ahí: enfrente —me dijo la empleada del lavadero señalando con el dedo índice y con el celular colgando de la oreja mientras atendía un llamado.
Empecé a caminar hacia el auto. Cuando faltaban dos o tres metros para llegar, saqué la llave del bolsillo y la puse en posición de abrir la cerradura; algo anacrónico e innecesario, teniendo en cuenta que un botoncito abre todas las puertas. Pero ahí iba yo, caminando como si empuñara una navaja cortita. Un paso, dos pasos, tres pasos. Al cuarto, tropecé con una baldosa partida, una puntita de cemento traicionera que me dejó el equilibrio sin saldo a favor.
Sentí el picor en la nariz. No sé explicarlo bien, pero cada vez que estoy por caerme —en el exacto momento en que pierdo el equilibrio y mi centro de gravedad empieza a acercarse al suelo—, siento un cosquilleo extraño en una zona gris entre la nariz y el labio superior. Lo sentí cuando mi pie se torció, así que pensé que la caída era inevitable. Pero, para mi sorpresa, el paso en falso no terminó en caída; en cambio, arranqué una especie de carrerita vertiginosa, apuntando con la cabeza hacia adelante, como los corredores de atletismo cuando están a punto de llegar a la meta. Parecía estar bailando el carnavalito, en esa parte en que hay que pasar por debajo del puentecito humano agachado para no chocar la cabeza. Ahí iba yo, un misil de canas, de lleno contra el guardabarros izquierdo de mi auto nuevo. Tan fuerte fue el golpe que me costó reaccionar al mareo y estuve algunos segundos sin saber qué había pasado.
Caí en la cuenta de que había chocado contra mi propio auto y no podía parar de reírme. Hacía muchos años que no me reía con tanta fuerza. Estaba tirado en el suelo de una tarde de verano, con la llave del auto en la mano derecha, que había servido para hacer un rayón en la puerta del conductor. Sobre el ojo derecho, un hilo grueso de sangre me empezaba a manchar el pómulo. Un vecino se acercó. Al rato eran tres. Alguien dijo que llamaran a una ambulancia, y yo, en medio del ahogo de la risa, quise explicarles que estaba bien.
—El dueño del auto te va a matar —me dijo un pelado de barba al que, entre un pedazo de chapa abollada y un hombre con un borbotón de sangre sobre el párpado, le pareció más dramático lo que le había pasado al auto.
Le expliqué que el auto era mío, que lo había comprado ese mismo día y que justamente por eso me reía. Me miró con un desprecio que solo vi en las películas sobre el Holocausto.
Me paré como pude. Tenía un agujero en el jean —«queda canchero», pensé—. Me dolía absolutamente todo el cuerpo, incluso algunos rincones que no me habían dolido nunca. No es gratis sufrir un golpe así a mi edad. Me subí al auto y acomodé los espejos. Miré por el retrovisor y reconocí en mi carcajada a ese nenito de siete años que se reía de sus propias torpezas. Entonces me sentí en paz.
Más tarde cumplí con toda la burocracia: llamar al seguro para decirle que había chocado mi propio auto, llevarlo al chapista, y contarles a todos los amantes de los fierros lo que me había pasado para que me miraran con esa indignación que tan bien me hace sentir.