Los putos

Los conocí cuando vine a vivir a Buenos Aires. Yo era un nenito de doce que había llegado desde un pueblito del interior y había descubierto de golpe que su papá no era muy hábil con la pedagogía.

—La semana que viene empezás en la escuela técnica. No te van a dejar entrar con el pelo así —me advirtió con cara de vergüenza y asco mientras me miraba—. Buscá una peluquería y cortáte el pelo, que parecés un maricón.

Desde que lo conozco —incluso en fotos anteriores a mi nacimiento—, mi viejo siempre tuvo bigote policial, el pelo del mismo largo y una disciplina samurái para cualquier cosa que requiera habitualidad y metodología. Y la flexibilidad emocional de un grisín. Las rutinas familiares eran innegociables: los sábados a la noche, cenábamos siempre pizza; los domingos, íbamos al supermercado; el tercer miércoles de cada mes, lavábamos el auto; domingo de por medio, íbamos a pescar —antes de ir al supermercado—; un viernes al mes, tomábamos helado, y cada vez que cobraba el aguinaldo, cenábamos afuera.

Siempre fue metódico mi viejo. Pero en sus propias rutinas, las que no requerían congeniar con el resto de la familia, era peor. En cada cambio de estación, hacía los arreglos del auto: cambio de bujías cuando llegaba el invierno, cambio de aceite en primavera, alineación y balanceo en verano y prueba hidráulica del tanque de gas en otoño. En su cumpleaños, un chequeo general. «Sangre y pis, como todos los años», repetía los once de julio. «Las rutinas son para respetarlas», decía y aún dice, prisionero de sus propias normas. Sin ir más lejos, hace unos días llegué de improviso a su casa para compartir una comida y me dijo que pensaba cocinar fideos, pero estaba enculado porque no podía permitirse abrir un paquete de tallarines: todavía tenía abierto otro de fideos guiseros.

En aquel momento, Buenos Aires se presentaba difícil para mí. Hacía un mes y pico que había llegado y tenía dos semanas para acostumbrarme a tomar colectivos con distintos números y letras. Los primeros días quisieron robarme varias veces, vi a nenes de mi edad fumando o agarrándose a trompadas en la calle, escuché gritos que en mis doce años de inocencia pueblerina jamás había escuchado.

Un día vi un cartel gigante que decía en letras de molde «HADAD – SALÓN MASCULINO». Nunca supe —y tampoco lo sé ahora— por qué les dicen «salón masculino» a las peluquerías. Me acerqué a leer la pizarra. Junto a unas tijeras cruzadas, decía: «CORTE CABALLERO 2 PESOS». Y yo no era un caballero, pero no había corte para nenes, o adolescentes, o lo que fuera que fuese yo en ese momento. Como tenía los dos pesos en el bolsillo, entré.

—Hola, ¿me podés cortar el pelo? —dije con acento de pueblo.

Me atendió Alberto. No sabía su nombre, pero lo supe casi enseguida. Me saludó con un beso, me dijo que me pusiera cómodo y empezó a recorrer el final de mi cabellera con una de sus manos mientras me preguntaba cómo quería cortarme.

—¿Qué? Yo no soy peluquero —contesté.

Antes de conocer a los putos, me cortaba con Dorita, una señora sencilla que había montado una peluquería espantosa en la que había sido la habitación de su hijo mayor, que había dejado el pueblo para estudiar en la ciudad. Todos pasábamos por lo de Dorita. Incluso, hubo una época en la que el pueblo entero tenía los mismos rasgos. Viejos, doñas, nenes chiquitos… y hasta alguna mascota, todos con el mismo corte de pelo.

La última vez que me corté con Dorita fue la más humillante. Promediaba quinto grado, y Milka —la señorita con el nombre más dulce y el peor humor que conocí en mi vida— entró al aula a los gritos y nos ordenó, tragándose las eses: «Lo’ varone’ hacen una fila acá; la’ nena’, otra fila allá». Empezó a pasar por cada banco buscando piojos con precisión fascista. Yo estaba convencido de que Milka disfrutaba cada vez que enganchaba a alguno poseído por una colonia de liendres. Y cuando me tocó a mí, puso el grito en el cielo: «Piojos, liendres, caspa, seborrea… Y encima es hincha de Boca», dijo, y todos se rieron a carcajadas. Me dijo que fuera a la Dirección para firmar el libro de mala conducta y que llamaran a mi mamá para que me viniese a buscar.

En esa época, cualquier situación se contaba con vergüenza: ¿Viste fulano? Va a tener otro hijo, no digas nada; ¿Te enteraste? Los padres de mengano se separaron, una tragedia; ¿Vos sabés guardar un secreto? Nacho tiene piojos, pobrecito.

Llegué a casa y me encerré en la pieza. No quería hablar con nadie, necesitaba procesar mi enfermedad. Hacía poco había muerto Jeremías, uno de mis mejores amigos de la infancia. Se lo había comido de un bocado una leucemia fulminante a los ocho años. Y ahora yo tenía pediculosis, según decía la caja del Nopucid. Estaba cagado en las patas. Tomé impulso al rato y, con los ojos bordó de llorar, salí a encarar la situación: «Me voy de Dorita para que me corte el pelo», avisé y, casi sin saludar, salí a buscar la cura para mi desgracia.

En esa época, en ese punto geográfico y en ese momento histórico, cualquier nene de diez años caminaba solo por cualquier calle. Llegué a lo de Dorita como tantas veces y me saludó con un beso. Yo no podía mirarla a los ojos. «¿Qué pasa, Remolino?», me dijo. Me había bautizado así porque decía que tenía un remolino izquierdo, una cosa que ahora, que tengo más de cuarenta, tampoco sé qué es, pero parece que implica que no te puedas peinar bien para un lado, pero para el otro sí. «Nada. Estoy enfermo. Tengo pediculosis». Dorita se empezó a cagar de la risa y volvió con la máquina para pelarme. Salí como un kiwi. Apenas unos pelitos, me dejó. Tenía la suavidad de un cachorrito.

Llegué a mi casa casi al mismo momento que mi viejo, que vendría de jugar al paddle, como todos los martes. «¿Te gusta cómo me queda?». «Parecés una Renault fuego con las puertas abiertas», dijo tocándose las orejas y señalándome con la nariz.

Ahora estaba en manos de Alberto, que insistía.

—Claro, nene, ¿cómo te corto? ¡Ay, Tony, me pregunta a mí cómo le corto a él! —dijo, y movió la mano con ese gesto universal que representó el estereotipo del hombre homosexual desde los años noventa y hasta principios de dos mil, cuando empezamos a evolucionar.

—Cortáme corto —le pedí.

Yo nunca había visto un puto de cerca, con la honrosa excepción de la Boris, un personaje marginal que creció en el mismo pueblo que yo y que pululaba por las casas pidiendo ropa vieja, a quien algunos vecinos le daban prendas definitivamente masculinas con tal de joderle la vida.

Pero la Boris iba al frente: se agarraba a piñas, puteaba, pateaba puertas y escupía caras cada vez que alguien intentaba pasarla por encima. Se paseaba por las calles y por los bares de mi pueblo con un novio pelado y bajito de voz finita. Se abrían paso, se construían, entiendo ahora.

Alberto era un puto diferente a todo lo que yo conocía del tema. Era hombre, se movía como hombre, tenía fisonomía de hombre, pero hablaba exageradamente, como una mujer. Era una caricatura de las caricaturas que la sociedad hacía y aún hace —seamos sensatos— puertas adentro o en cualquier asado. Me miró dos segundos, se llevó la mano al mentón, hizo pucherito y me interrumpió:

—¿Querés que te lave?

Yo nunca me había lavado el pelo en una peluquería. Dije que sí casi sin dudarlo, con la inocencia que se forma cuando en un mismo cuerpo hay curiosidad e infancia.

—¡Tony! ¡Ton! ¿¡Ton!? ¡Ay, puta madre, siempre con la music, este! ¡¡¡Tony!!!

Del fondo apareció Tony, secándose las manos en el delantal. Se dedicaba a teñir a señoras muy gordas y muy viejas que estaban al final del salón, fumando y leyendo adentro de esos tambores gigantes para secarse el pelo.

—Lavále el pelo al cachorrito este —ordenó mirándolo por el espejo.

Yo no sabía ni sospechaba nada: era una excentricidad, como estar en una casa donde se habla otro idioma, se profesa otra religión o se escucha otra música. Nada más.

Después volví a Alberto, que empezó a cortarme. Caían a borbotones las matas de pelo negro sobre el suelo color té con leche de la peluquería. Cuando terminó, saqué los dos pesos del bolsillo para pagarle y me dijo que no, que yo no era un caballero. Era un pequeño «gentleman». Eso dijo. Yo no lo entendí, y no pude contar esta historia hasta bastante entrado en años, porque en ese momento pensé que me había querido decir algo referido a mi tonada campechana.

Los putos y yo fuimos creciendo. Desde Dorita que no tenía peluquero fijo, ahora había entablado un vínculo. En mi casa no entendían del todo por qué me cortaba ahí, y yo siento que tampoco lo supe bien, pero me sentía cómodo sin tener que explicar cómo cortarme. Entraba y «qué hacés, Alber», «cómo va, Tony». Me sentaba, pagaba y me iba. Para peor, el pelo me crecía muchísimo, por lo que frecuentaba Hadad una vez por mes.

Después vinieron los años imposibles, el no future, el mundo entero yéndose a la mierda, la oscuridad. Esa época que quedó justo en el medio entre la caída de diversión del Sega y la llegada de la PlayStation. Y con mis amigos sentimos curiosidad por pintarnos el pelo de colores. En mi casa, donde siempre había sido amo y señor, empezaron a mirarme mal. Ya no alcanzaba con tener el boletín perfecto. Había llegado el momento de los tatuajes, los aros y, ahora, los pelos de color azul, verde, rojo… Mi adolescencia transcurrió durante el neoliberalismo de los años noventa, desafiando todos los límites. Me peleaba día por medio.

—¿A dónde vas ahora? —protestó mi vieja cuando me vio salir de nuevo, diez minutos después de haber llegado del colegio.

—A los putos, me voy a teñir de verde. —Y me fui de un portazo.

Desde afuera, la escuché decir no sé qué cosa, que el sida, que no sé qué, pero yo ya estaba en otra. Pasé a buscar a Diego, mi mejor amigo y cómplice de peluquería de ese entonces, y le hice una invitación:

—¿Vamos a los putos a teñirnos?

Sin terminar la palabra «colores», Diego ya estaba en la vereda de su casa. Y allá nos fuimos.

Mientras Alberto me sacaba los pelos hacia afuera de una gorra de látex, Tony preparaba la mezcla para pintarme de colores. Primero yo, después Diego. Iba a ser una tarde larga: hacer color lleva horas.

—¿Sabés quién se casa? —le dijo Alberto a Tony por el espejo.

Tony lo miró con cierto desgano; estaba exageradamente flaco y todos sospechábamos que tenía sida.

—No sé, Alber. ¿Quién?

—¡Ay, no! ¡No! ¡Te morís! ¡Se casa la Gorda!

Tony revivió como una flor que recibe las gotas de riego justo antes de la sequía fatal. Le brillaban los ojitos. Fue hasta el fondo y volvió con una botella de champagne para brindar. Mi cabellera pasó a cuarto plano, pero me estaba divirtiendo. Era una especie de café concert por el precio de un corte de pelo.

—¡Pero pará! ¡Hay que organizarle una fiesta a la Gorda!

Cuando el pelo volvió a crecer, volví a que Alberto me cortara. Sería la última vez, pero todavía no lo sabía. ¿Por qué nunca sabemos cuándo es la última vez de algo?

Me cortó, me masajeó el cuero cabelludo, me retó por haber tardado más de tres meses en ir. Mientras, Diego esperaba su turno sentado a mis espaldas. La joda de ir a los putos se había vuelto hábito. Nos gustaba cómo nos cortaban y nos parecía totalmente desprejuiciado ir, no teníamos ningún rollo.

Mientras Alberto peinaba y sacaba pelo, la puerta se abrió.

—¡Aló! ¿Hay alguien que atienda acá?

—¡¿Gorda?! ¡¿Gordita?! ¡Gorda! ¡Tony, vino la Gorda!

La Gorda era un señor de unos cincuenta y ocho años, pelado, lógicamente gordo, vestido con un jardinero y una remera violeta importada, que —me enteré en los primeros tres minutos de charla— vivía en Fort Lauderdale, era agente de real estate y había llegado a la Argentina de sorpresa para casarse.

—Termino de cortarle al pequeño gentleman —me había quedado el mote— y estoy con vos, gordita.

Alberto estaba radiante. Nunca lo había visto así en todos los años en que fue mi peluquero. Mientras me cortaba, sin prestar atención, miraba a Tony y a la Gorda por el espejo y les hablaba, les contaba de una galería de arte que había descubierto, de tal o cual boliche nuevo… En un momento, como quien recuerda una boleta a punto de vencerse, abrió grande los ojos.

—¡La fiesta! ¡Tenemos que organizar la despedida, Tony!

Tony asintió con la cabeza y siguió conversando con la Gorda, pero Alberto ya no podía pensar en otra cosa. Me miró y, sin dudarlo, me preguntó:

—¿Vos no conocés a nadie que quiera animar una fiestita para la Gorda? —dijo, y señaló con los ojos a Diego, el más lindo de mi grupo de amigos, el que siempre tuvo la conquista resuelta: sano, deportista, hegemónico, simétrico—. Tengo cinco mil pesos.

Yo no había visto nunca cinco mil pesos. Nadie había visto nunca cinco mil pesos en mi entorno. Con cinco mil pesos, una familia podía vivir un año.

Con Diego nos empezamos a reír de la broma de Alberto, y él se ofuscó. Dijo que era en serio. Que hacía mucho que quería proponernos hacer algo. Que no todo era peluquería y colores en el pelo. Que ya éramos grandes, que no podía ser que no habláramos nunca en serio. Que quería hacerlo ahora porque Tony ya no estaba bien. Que pensó que éramos sus amigos. Que los amigos no tienen edad, que yo no era ningún pequeño gentleman, sino un pelotudo que se había reído de sus sentimientos. Que había pensado que, por primera vez, tenía amigos que, aunque no eran «como él», no lo juzgaban.

Se largó a llorar con melodrama de novela y se encerró en el baño con Tony.

Yo me quedé sentado en el sillón impávido, con la mitad del pelo cortada y la otra mitad abandonada a la suerte.

Pasaron los minutos, pero ni Tony ni Alberto volvieron a aparecer. La Gorda les daba ánimos desde el otro lado de la puerta. Supe que los días en los putos habían terminado, así que saqué —esta vez sí— dos pesos del bolsillo de mi jean y los dejé sobre el mostrador. Y nos fuimos.

Al poco tiempo, vi el cartel de alquiler. Hadad había cerrado; de Alberto y de Tony no supe nada por muchos años. Algunos rumores me hicieron llegar la información más tarde: se habían mudado a Miami y se prometieron amor eterno en el casamiento de la Gorda. «Hasta que la muerte nos separe», dijo Alberto, y Tony asintió, consciente de que la suya estaba a la vuelta de la esquina. Desde aquella vez en la que ya no volví, ando por la vida sin peluquero. Me corto en cualquier lugar con un asiento libre, en cualquier momento, en cualquier pueblo. Pasé por maestros peluqueros y, también, por barberos modernos a los que todavía nunca les había crecido la barba. Me cortaron bien, mal y peor. De vez en cuando, abro alguna puerta al azar en algún lugar cualquiera que tenga el cartelito de «SALÓN MASCULINO». Y nunca, pero nunca, están ni Alberto, ni Tony ni su música. Entonces me siento, me preguntan cómo quiero cortarme, y respondo siempre igual: «Como quieras, yo no soy peluquero».

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