Las casas

Una vez cada dos años, guardo mi vida entera en cajas de cartón. Algunas son enormes; otras, más chicas. Tienen marcas de galletitas o de vino en la cara de afuera, y en la parte de arriba, una leyenda escrita con letra imprenta inmensa. Durante ese tiempo, siempre apurado por alguien que tiene más plata que yo, descuelgo cuadros, me reencuentro con recuerdos y empaqueto libros mientras asumo el monopolio del cartón de todas las cuadras que rodean la casa que no es mi casa. Y me angustio.

Las cajas salen y entran camiones de mudanza. A veces, se desfondan; otras, se mojan con lluvias que no estaban pronosticadas, y siempre, en algún rincón que creo que no voy a usar por mucho tiempo, armo una montaña con todas las cajas que forman mi nueva casa. Que nunca es mi casa.

Con mis casas —con todas las casas que fueron mi casa, pero que no fueron mías— nunca nos conocemos demasiado. Vivimos romances con fecha de vencimiento, que se van terminando, uno atrás del otro, cada vez que vence el contrato de alquiler. A veces, antes.

Ser inquilino tiene el sabor metálico de la nostalgia: moverse sabiendo que no habrá lugar para grandes cambios ni caprichos de dueño; añorar algo que no va a pasar. Y entonces me acomodo en la humedad de ese sentimiento. A veces, brindo mirando al cielo; otras, rezongo en voz alta. La mayoría, me acostumbro.

Hay algo de definitivo en la condición perpetua de nómade capitalista que se parece a la conciencia de la finitud: saberse mortal, como una luz que parpadea en el tablero del auto y no deja de avisar nunca que hay algo que está funcionando mal.

Ni la promesa de nuevas llaves, ni los barrios cómodos ni las terracitas con guirnaldas de luces primaverales me consuelan cuando me pregunto por qué —otra vez— estoy yendo a comprar un fibrón indeleble de punta biselada para escribir sobre un montón de cajas de cartón la palabra que mejor me calza: «frágil».

La ausencia del lugar propio me carcome desde que me acuerdo. No ser de ningún lado. No ser. Volverme efímero, inhallable, no tener a dónde volver si el viento sopla al revés. No dejar rastros: «No, acá no vive más». «No, se mudó hace mucho». «No sé nada de él, vivió un tiempo, pero fue hace como diez años». «No, nunca escuché su nombre». «¿Merlo? No, no me suena».

Cada una de las historias que forman parte de este libro pasaron entre mudanzas, mientras se abría o se cerraba una puerta, mientras armaba o desarmaba una caja buscando algo y encontrando otra cosa, a la luz de un nuevo contrato de alquiler con garantía prestada.

Ahora, que por primera vez puedo agujerear las paredes de la casa en la que vivo como se me antoje, llegó el momento de desembalar los sentimientos y ponerlos a cada uno en su lugar. Definitivo.

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