Sobreviviente del presente

Todos podemos identificar, más o menos, en qué punto se corta el hilo de la infancia: hasta dónde dura. Y, como pasa con las mejores cosas de la vida —las vacaciones, el aguinaldo, el atardecer sobre el mar, el vino bueno—, queremos que nunca termine. La infancia debería ser, por escándalo, el mejor momento de la vida. Hay personas que se ocupan de alimentarte y de pagar tus caprichos. Te llevan y te traen de lugares. Piensan en vos más que en ellos mismos: si un día te caés, hay una red que te ataja, como en el circo. A mí, las cuerdas de esa red se me empezaron a deshilachar a los doce años, en el momento exacto en que cruzamos un cartel gigante sobre la ruta 9 que decía «Buen viaje, gracias por su visita», a la salida de Río Tercero, la ciudad donde crecí.

La trompa del auto cargadísimo de bártulos apuntaba hacia Buenos Aires, y adentro viajaba una familia rota. Mi viejo, con el telegrama de despido todavía tibio, frenó el auto al costado de la ruta, antes de pasar el cartel, consciente de que, después de cruzar esa línea imaginaria sobre el asfalto, la vida se volvería una mierda. Otra mierda. Fue la primera vez que vi a mis viejos y a mis hermanas llorar al mismo tiempo, y yo también me quebré. Y cuando finalmente puso primera y comenzamos a recorrer esos setecientos y pico de kilómetros que conocíamos de memoria para volver a Buenos Aires, se me empezó a desgranar la infancia.

Llegué a Buenos Aires con doce años, y una semana más tarde estaba formando fila en un colegio técnico con mil doscientos alumnos desconocidos. Nunca había visto ninguna de todas las caras a mi alrededor. El cambio fue bestial, como los hierros al rojo vivo que se sumergen en líquidos helados para templarse. Pasé de jugar con muñequitos de He-Man y andar en bicicleta a rodearme con pibes de mi edad que fumaban como pequeños James Dean, pichones de reos desesperados por transgredirlo todo. Y yo, por dentro, seguía siendo un nenito: un metro cuarenta y dos centímetros de altura, decía sobre mí la libreta de comunicaciones en la parte de los datos de salud. Un cachorro.

Cada vez que salía, por fin, de las fauces del industrial, caminaba cuadras y cuadras enteras para esquivar la desgracia de pagar un boleto de colectivo. Y en ese camino, como la caricatura del primate que se convierte en humano, iba recobrando los rasgos infantiles, volvía a sonreír con luminosidad, pensaba en mis pequeños amiguitos cordobeses mirando los dibujitos o jugando a la pelota en el campo de eucaliptos: desconectaba todo lo rápido que podía de la idea cruda de crecer como un hijo más del no future de los años noventa en Buenos Aires. En ese momento no lo sabía, pero era un ejercicio casi mecánico de resistencia para conservar las raíces: comerme las eses, pronunciar mal la erre, contar chistes verdes, elogiar la Pritty, sentir nostalgia de los criollitos. Todos esos rasgos me explicaban y, además, condensaban mi infancia. Y yo quería conservarla.

Podría haber seguido así algún tiempo más, pero el tres de noviembre de 1995 el corte fue total y de raíz. Ese viernes volví del colegio como siempre, dejando atrás algunas escamas del disfraz que usaba para moverme entre reos menores y pichones de matones con los que compartía pupitre. Paseaba un tablero de dibujo técnico gigante con el mameluco azul engrasado que usaba los días de doble escolaridad en el taller donde nos enseñaban a soldar y a fresar. Apenas puse la llave en la puerta de la casa que nos recibió en Buenos Aires, escuché el llanto ahogado de mi vieja: «Se murió la abuela», pensé. No tenía todavía la capacidad de imaginar escenarios trágicos, así que fui a lo clásico: una señora mayor que viene de enviudar, que no se recupera de la angustia de nombrar en voz alta a su compañero de vida y se arruga como pasa de uva, aparece muerta algunos meses más tarde que su gran amor.

Entré con andar forense, examinando: seguí el ruido del llanto y encontré a mi vieja petrificada, mirando el televisor Sanyo que habíamos comprado para ver el mundial de Italia 90 y que había sobrevivido a la mudanza. Estaba a punto de darle consuelo cuando giré la cabeza hacia la pantalla y, entonces, entendí. El zócalo de Nuevediario decía que había habido una explosión en la Fábrica Militar de Río Tercero, pero las imágenes no se parecían a las de mi pueblo.

Lo primero que pensé fue en la guerra del Golfo —estábamos en los albores del prime time de noticias—, la primera masacre global televisada en vivo y en directo, porque en el tele veía paredes derrumbadas, autos rotos, gente corriendo de un lado a otro, gritos de desconcierto. Pero en el zócalo seguía parpadeando «RÍO TERCERO. ENVIADO ESPECIAL». Y cuando finalmente mostraron mi barrio partido en pedazos, me derrumbé.

Aprendí rápidamente palabras que no conocía: «onda expansiva», «esquirlas», «espoleta», «ensayos militares», «ministro de Defensa», «corrupción», «desvío ilegal de armamento», «mafia», «Carlos Corach», «Croacia». Un señor con barba candado transmitía desde la plaza donde yo había estado jugando hasta hacía un rato. Relataba una tragedia sin precedentes. Recorría el lugar asustado y, cada tanto, se refugiaba ante un estruendo. Esa que estaba ahí había sido mi casa alguna vez. De pronto, la transmisión se cortó: la pantalla fundió a negro y todo se volvió silencioso.

Mi vieja volvió en sí y se limpió las lágrimas con el repasador que le colgaba de la cintura.

—Dejé algo en el fuego —mintió. Fingió no estar llorando y se fue de cuadro.

Yo estaba paralizado. Volví mentalmente al barrio donde crecí, recorrí sus rincones. «Entre esos dos árboles perdí una pelota de cuero con los colores de Boca; ese vidrio lo reventé de un piedrazo y me hice el boludo; ahí me partí el fémur en dos y estuve siete meses sin caminar». Y mientras hurgaba entre mis recuerdos, hice fuerza para rememorar los estruendos que solía escuchar durante mi infancia. Conservo en la memoria las primeras explosiones: «¿Y eso qué fue?», le pregunté una vez a mi viejo. Y él respondió con naturalidad que, seguramente, algún ensayo de la fábrica militar. Como pasa con las manchas de la piel, el tiempo hace que uno deje de percibirlas. Éramos conscientes de esas explosiones solo cuando nos visitaba algún pariente que nunca había ido al pueblo y repetía aquella pregunta: «¿Y eso qué fue?». Y entonces alguno le explicaba.

El tres de noviembre de 1995 fue la primera vez que sentí pánico. Lo supe muchos años más tarde, mientras partía en cuatro una pastilla para metérmela debajo de la lengua y darle de comer a la angustia de no ser de ningún lado, de no tener un lugar al cual volver, un camino por el cual pasar y decir «uy, mirá, acá pasó tal y cual cosa». Ese tiempo —tan corto y tan hermoso— durante el que uno ignora todo había quedado demasiado lejos; y, cada tanto, se me aparecía en sueños, en caminatas, con amigos. Y en cualquier lado, algo en mi cuerpo percibía el miedo, un terror inexplicable, muchísimos años antes del diagnóstico de moda: «Ah, sí, debe de ser pánico». Siempre hago el chiste de que soy tan ansioso que tuve problemas de ansiedad antes que el resto. Muchos años más tarde, sentado en un sillón incómodo para hablar con alguien que cobraba por escucharme y hacía de cuenta que anotaba las cosas que yo repetía cada semana, tuve una revelación: hay una herida abierta en algún rincón de mi infancia.

A Río Tercero, yo siempre le dije «pueblo». Mi pueblo. Me contaba y ordenaba: me hacía sentido. «En mi pueblo…, tal cosa», empezaba cuando me preguntaban de dónde venía. En rigor, es una ciudad, pero para mí siempre fue y será un pueblo, como para nuestros padres siempre seremos criaturas. «¿Cómo se llama…? ¿Río Tercero? No, ni idea, no lo conozco», me decían siempre que nombraba al pueblo.

Pero desde el tres de noviembre de 1995, los diarios, las radios y los canales de televisión se encargaron de contar de dónde provengo: ya no quedarán personas sin saber dónde queda mi pueblo.

Por alguna razón, esa tarde había vainillas y leche a la hora de la merienda, una comida que habíamos estado salteándonos desde que estábamos en Buenos Aires. Siempre pienso que una de todas las cosas que nos dejamos en Río Tercero son las comidas. Todavía era muy chico para entender a mi vieja cuando decía que, otra vez, se había olvidado de comprar Nesquik o a mi viejo cuando decía que había ido al almacén y ya estaba cerrado. Les pasaba muy seguido.

La semana anterior habíamos comido ñoquis. Repetíamos el ritual cada veintinueve sobre todo porque los ñoquis eran baratos. Aquella vez los había amasado mi vieja usando los restos de dos paquetes de harina que tenía por la mitad, y cuando nos sentamos a comer mi viejo trajo un billete para poner debajo del plato. «Compartí el billete con tu hermana, que todavía no lo tuvo», me dijeron. Era el único billete de la casa, y lo fuimos pasando de plato en plato, un ratito cada uno.

El día que nos enteramos de lo de Río Tercero, después de que se cortara la transmisión, mi vieja sintonizó Radio Colonia en la cocina. Habían pasado ya algunas horas mientras yo sumergía las vainillas en un tazón con leche. La radio sonaba bajito, como para que yo no la escuchara. Se tragaba el llanto, mi vieja. Nunca había tenido problemas con el escándalo y con la angustia, pero ahora se moderaba: esa angustia no era solo suya. Cuando me acerqué, empezó a contarme que, en la época de los milicos, Radio Colonia era una forma de saber desde afuera qué estaba pasando adentro.

Alguien hablaba con alguien: eran dos voces tecnológicamente lejanas. Una, en un estudio en Buenos Aires, conversaba con otra que caminaba por las calles de la ciudad donde aprendí a leer, a escribir, a andar en bicicleta y a ser. Pensé en mis amigos: no tenía cómo comunicarme con ellos. Cada tanto nos mandábamos algunas cartas, pero la correspondencia se volvía bastante lenta como para ser constante, y el vínculo se estaba yendo en fade. A veces soñaba que regresábamos al pueblo, agarrábamos la San Martín, doblábamos en Yatasto, estacionábamos la rural amarilla, bajaba del auto y entraba al barrio desesperado en busca de mis amigos para retomar nuestra amistad donde la habíamos dejado, y los veía más grandes, desproporcionadamente altos, con voces graves que recién empezaban a mutar. Y los saludaba, pero no me reconocían. Seguían siendo sin mí.

Con el ruido de fondo de las explosiones en la radio, pensé en muertos arrumbados debajo de alguna pared reventada por una bomba. Imaginé pequeños ataúdes infantiles para nenitos de doce años que todavía no pegaron el estirón, yendo en caravana hacia el cementerio del pueblo. Eso pensaba mientras la violencia de la explosión empezaba a borrarme todos los recuerdos de esos años de infancia.

Entonces volvió la imagen al tele. Algo en el vía coaxil se había desconectado, pero ya estaban de regreso, avisaban desde Buenos Aires. «Las imágenes hablan por sí solas», decía César Mascetti en Canal 13. Lo habían llamado de raje para hacer un especial, y ahí estaba, a medio peinar. Mostraban en loop a algunos maestros que les hacían upa a nenes en el colegio donde habría debido estar sentado yo en ese momento si no fuese porque, hacía algunos años, Menem había habilitado la privatización pornográfica de cualquier cosa a la cual se le pudiera poner precio. Así fue que Bunge & Born había aprovechado la promo, comprado la fábrica donde laburaba mi viejo y mandado a él —y a cientos de compañeros— un paquetito de plata, un telegrama de despido, y si nos vimos, no te conozco. Las cámaras también mostraban mi club: el 9 de Julio empezó a ser un refugio contra las bombas que llovían desde el cielo riotercerense. A esa hora, si nunca nos hubiéramos ido, mis hermanas habrían estado en sus clases de gimnasia. Podía imaginar en la avenida San Martín las huellas de la Zanellita con la que mi vieja nos llevaba a la escuela los días de frío: por esa calle pavimentada de municiones y granadas habríamos estado volviendo a casa. Lo que veía en la tele eran los primeros videos de mi ciudad que vi en mi vida. Miraba con fascinación de coleccionista, reconociendo los espacios y sintiéndome un sobreviviente.

Pero quedarían heridas.

Salí y busqué un teléfono público, pero era imposible comunicarse con cualquier número que empezara con la característica de Río Tercero. Marcaba cero, tres, cinco, siete, uno, y después completaba con números al azar: ninguno sonaba. No daba tono de ocupado. No había nada. No había.

Los días siguientes a la explosión fueron raros: como pasa siempre que aparece la tragedia, algo en la psiquis de las personas necesita llenar todo de cuestiones absurdas hasta llegar al orden. Como las risas de los velorios o el chiste sobre el muerto a la hora del café, hay que pavimentar la tragedia con estupideces para poder construir un sentido sobre ella. En casa, pasamos los días, las tardes y las noches viendo imágenes de la ciudad, nuestra ciudad. Nos enteramos de que los nuestros estaban a salvo, y de a poco volvieron los problemas cotidianos y regionales.

Crecimos. Mis hermanas empezaron a tener tetas y a hablar por teléfono a escondidas; mis viejos, a tener canas, y yo pegué un estirón desmedido. El menemismo nos corría desde atrás con la voracidad de un pacman después de comerse la pastilla grande. Escapábamos como podíamos de la selección natural planteada por la década salvaje. Todo se fue desgranando y nos convertimos en sobrevivientes del presente, en escapistas de la tragedia moderna.

Cada tanto, siento la fantasía de volver a donde «fui», porque solo somos algo en los lugares donde sentimos felicidad. Volver a la plaza donde conocí el equilibrio sobre la bici cross, a la cancha del polideportivo para intentar hacer goles en el arco del lado de los eucaliptos, a poner canciones prohibidas en la radio del colegio. Pero sé que no puedo: desde el momento en que explotó mi infancia, convivo con la nostalgia de saber que no hay ningún lugar al cual volver. Ahí ya no estoy, ya no soy.

Nunca sabemos del todo cuándo cambiamos de etapa en la vida: hay una nebulosa medio rara e indeterminada en la que dejamos de ser adolescentes y pasamos a ser jóvenes, y otra más o menos parecida, marcada por dolores nuevos o cicatrices que nos vuelven adultos. Pienso que el límite entre ser un nene y dejar de serlo también debería funcionar así, en transición inexacta. Pasar de un ámbito a otro con la serenidad del pececito nuevo de la pecera, que llega en una bolsita con agua y, recién cuando se aclimata, se suma al resto del cardumen, evitando la brusquedad del cambio.

El tres de noviembre de 1995 murieron personas en el pueblo donde crecí, y nacieron toneladas de juicios y denuncias y demás pataleos que el tiempo se ocupó de archivar en el olvido colectivo. Entre las víctimas de aquella mañana de primavera en que intentaron borrarlo todo, cuento siempre al nene que fui. Desde entonces, llevo la cicatriz de haber perdido la infancia de golpe.

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